Anthony Davis: El nuevo rey de los cielos

*Nota: Artículo publicado originalmente por Álvaro Carretero en Planeta Deporte

El milagro de la diosa fortuna

“A nadie le entra el pánico cuando todo va según lo previsto. Aunque lo previsto sea terrible”

El agente del caos más famoso de la filmografía no solo mantiene una sempiterna batalla con el Caballero Oscuro en las calles de Gotham. En las últimas películas de la saga adquirió una dimensión sociológica y moral desconocida hasta entonces. Y de él emerge la idea troncal de este artículo.

Porque New Orleans, durante años, estuvo gobernada por el caos más absoluto. Y ahora se entregan a su particular agente del caos en busca de la estabilidad. Valga la paradoja.

En 2005 New Orleans fue asediada por el huracán Katrina, el más mortífero en los Estados Unidos desde el huracán San Felipe en 1928, y el que mayores daños económicos produjo. Al menos 1883 personas fallecieron y el total de daños materiales se estimó en 108 mil millones de dólares.

El mayor número de fallecidos se registró en Nueva Orleans, en el Estado de Luisiana debido al fallo en sus diques de contención, provocando el colapso absoluto. El 80% de la ciudad quedó anegada en lo que se recuerda como el mayor desastre de ingeniería civil de la historia, desembocando en demandas – ganadas – contra el Cuerpo de Ingenieros del Ejército de Estados Unidos, quien se encargaba de la construcción de los diques.

Si bien no es cuestión de frivolizar semejante catástrofe con el mundo deportivo, la misma devastación sufrió la franquicia, entonces aún denominados Hornets, cuando tuvieron que dejar marchar a su estrella Chris Paul en 2011.

Sabían que el base no renovaría su contrato y se vieron forzados a buscar un traspaso que les proporcionase algún rédito. Cerraron el trato con los Lakers, aquel famoso traspaso a tres bandas que le colocaba en los Lakers y mandaba a Pau Gasol a Houston y Scola, Kevin Martin y Odom a New Orleans.

Stern vetó el traspaso 45 minutos después de hacerse público.

Los Hornets tuvieron que buscar un nuevo traspaso con los vecinos angelinos, aunque mucho menos atractivo. Eric Gordon, Kaman y Aminu llegaron en lugar de Paul. Y la franquicia se hundió en los avernos de la liga.

Dos años de bagaje redentor en los que ni tan siquiera tuvieron propietario.

La misma NBA tuvo que hacerse cargo del equipo. Pero en 2012 todos los astros se alinearon para que Nueva Orleans resucitase y comenzase su escalada al Olimpo celestial de nuevo. Celebraron el All-Star Weekend, encontraron propietario (Tom Benson, propietario también de New Orleans Saints, equipo de la NFL) y lograron la primera elección del Draft en la lotería. La mecha de la esperanza se había prendido de nuevo.

¿Por qué contar, de nuevo, la trágica historia de Nueva Orleans? Porque es necesario comprender el pasado para entender el presente.

Anthony Davis no es solo un jugador que aspira a leyenda NBA, sino que es el eje de la reconstrucción de un equipo y una ciudad. Su figura traspasa lo meramente deportivo hasta erigirse en ese bastión redentor, el pilar maestro que sostiene el esfuerzo renovado e inagotable de los ahora Pelicans.

Él, con su caótico juego y su aún indefinida posición, ha impuesto el orden tras tanto penar por el purgatorio. Una suerte de divinidad que gobierna los cielos de la liga, con visos de legitimar su poder hasta el fin de sus días como jugador. Y eso que acaba de empezar…

Contrato astronómico

Por todo ello, los Pelicans no han dudado en ofrecer a Anthony Davis, su regidor celestial, el máximo contrato posible. No vaya a ser que le de por ejercer su mandato en cielos más despejados. 140 millones en 5 años a los 22 años, premio para quien tarde o temprano terminará imponiendo su mandato de MVP a lo largo y ancho del país.

El 1 de julio se abrirá de nuevo el mercado de traspasos. Entonces los Pelicans le pondrán oficialmente la oferta sobre la mesa. Davis tendrá hasta el 31 de octubre para aceptarla. Si no, será agente libre restringido en 2016, como este año ha sucedido con Jimmy Butler o Kawhi Leonard, por ejemplo.

El abultado contrato está favorecido por el nuevo contrato televisivo firmado por la NBA. Si bien se desconoce aún a cuánto ascenderá el tope salarial de las franquicias, se espera un notable crecimiento, gracias a los 24.000 millones de dólares acordados por la asociación y las televisiones.

El nuevo contrato de Davis, que firmará sea con los Pelicans o cualquier otra franquicia que él decida, le repercutirá 50 céntimos al minuto; 30 dólares la hora, si lo entendemos mejor. Salvaje. Lógicamente, también podría negociar la cantidad equivalente firmando por menos años, aunque no sería una gran señal para la franquicia.

Su salario no está determinado solo por ese halo de esperanza con el que llegó, sino por su evolución y actuales prestaciones. Monty Williams ha otorgado a Davis libertad absoluta en sus movimientos y ha sabido interpretar el estilo de juego de un pívot… que no quiere ser pívot.

Su línea se está enfocando más hacia el exterior, buscando jugadas desde el perímetro y la media distancia. Su envidiable capacidad atlética le da una superioridad insultante sobre cualquier rival.

Que no haya conseguido formarse una serie de movimientos al poste que le permitan explotarla con aún más eficacia, y sí siga ampliando su rango de tiro exterior, invita a pensar que Davis jamás se convertirá en un pívot al uso.

La indefinición en su puesto es un gran arma. Tanto como un gran peligro. Monty Williams ha sido un gran artífice en ello, pero Davis podría depender en exceso de entrenadores que no logren descifrar su enigma. Aunque darle todos los méritos al entrenador de New Orleans sería injusto.

Coach K ya le llamó para formar parte del Team USA en los Juegos Olímpicos de Londres. Y en el Mundial se convirtió en pívot titular. La influencia de Mike Krzyzewsky este verano ha sido fundamental en el crecimiento de (casi) todos sus jugadores.

La convivencia con otras estrellas de la liga les despierta el deseo de mejorar, de llegar donde otros ya están. El propio Harden reconocía que su actual nivel de MVP se debe a entrenar con LeBron, Durant, Carmelo… y pensar: “yo no estoy por debajo. Puedo ser como ellos”.

Y en ese sentido habrá de aprender también el nuevo soberano de ellos con el combinado nacional. Porque sí, ha hecho una temporada magnífica a nivel estadístico y de progresión, pero una nube se empeña en ponerse delante de su refulgente luminosidad.

Aprender a ser un líder

A menudo, se le ha tachado de no ser un auténtico líder. No olvidemos, son 22 años, pero muchos jugadores ya en su tercera temporada en la NBA habían asumido el mando y la voz cantante en sus equipos.

Le falta el temperamento necesario para ser un jefe en el vestuario. Davis, en ese sentido, es mucho más callado y apagado como para imponerse. Por eso jugar con el Team USA le beneficiará como a ninguno. Allí aprenderá del maestro de maestros, Coach K, y de las dotes de liderazgo de los mejores jugadores de la NBA.

Si con alguien se le ha comparado en este y muchos otros aspectos es con otra auténtica divinidad de la liga. Posiblemente, el mejor ala-pívot de la historia. Su nombre está ya en el Olimpo del firmamento NBA, mientras su cuerpo sigue causando estragos en la superficie terrestre.

De Davis se ha dicho que se parecía en carácter a Tim Duncan. Pero Duncan no tiene comparación humana en quien mirarse. Si bien, podemos establecer un paralelismo de por qué un tipo tan solemne y retraído como él llegó a ser un líder. Él tuvo algo que The Brow no tiene: un líder de quien aprender.

Duncan compartió sus primeros años con el Almirante David Robinson. Robinson no solo le enseñó a ser un líder de vestuario, sino disciplina, ética de trabajo, honestidad, valores… Se molestó en sacar a relucir los que Timmy tenía para que cogiese su testigo en la franquicia texana.

Porque Robinson, recordemos, aplazó jugar en la NBA para finalizar su servicio militar en la marina estadounidense. Y si algo transmitió siempre fue la honestidad con el trabajo y su palabra.

Y ahora Duncan está haciendo lo propio con Leonard. Un legado de generación en generación, ya familiar, que Davis no ha podido conocer en los Pelicans.

Pero Davis es diferente. Él ya era una divinidad incluso antes de debutar en la NBA. Aprenderá, de una forma u otra, igual que está marcando su propio camino en su estilo de juego. No necesita de la transición siempre controlada de los Spurs. Su ley, su reino, es el caos. Y, como decía el Joker, “en un mundo donde el caos es el rey, la única ética es el azar”. Y de suerte, algo saben en Nueva Orleans.

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