Todos los hombres de Kerr

*Nota: Artículo originalmente publicado por Álvaro Carretero en Planeta Deporte

“Yo pensaba ser entrenador cuando aún estaba en el instituto”, reconocía Steve Kerr al empezar la temporada con los Warriors. Él siempre fue consciente de que tendría una carrera poco prometedora en la NBA. Pero, por una vez, se equivocó.

Hace meses, publicamos en Planeta Deporte un extenso artículo titulado Steve Kerr: El arte de escuchar. En él, desgranamos la historia, persona y filosofía que el sonriente entrenador guarda. Y, pese a la longitud de tal artículo, fue insuficiente para imbuirnos por completo en lo que su figura representa. Ahora, si bien no se trata de realizar una suerte de segunda parte a lo escrito entonces, sí mantendrá una cierta relación. Únicamente, a fin de no repetir datos ni historias ya narradas.

Este título no pertenecía a Steve Kerr. De hecho, en mi cabeza siempre tuvo un nombre desde hace años: Phil Jackson. Seguro que el Maestro Zen estaría orgulloso de que su discípulo lo heredase. En 1972, los jóvenes periodistas Bob Woodward y Carl Bernstein destaparon el famoso ‘caso Watergate’, publicando dos años más tarde un libro,Todos los hombres del presidente, en el que desgranaban las infinitas redes clientelistas tejidas con Richard Nixon como centro neurálgico de las mismas. Steve Kerr ha logrado en la bahía de Oakland aplicar similar sistema, cambiando el matiz corrupto por la brillantez elevada a la enésima potencia.

Cautivados por Kerr

Decía de él Alvin Gentry, amigo íntimo desde que coincidieran en los legendarios Suns de Nash: “¿Podría esto pasarle a una mejor persona? Creo que no he escuchado jamás a nadie decir que no está contento por él. Incluso a gente que ni le conoce”. Ni siquiera sabía entonces que sería su entrenador ayudante en los Warriors. La frase, paradigmática, se ha convertido en la insignia que luce el nuevo campeón de la NBA.

El primer rookie en lograr el anillo desde Pat Riley en 1982 (Lakers). Séptimo en la historia. Excepto Riley y Westhead (1980), también con Lakers, todos lo lograron entre las décadas de los 40 y los 50, con la NBA aún dando sus primeros pasos.

No hay persona en el mundo capaz de no caer rendido a sus encantos. “Es una de las mejores personas que he conocido”, decía de él Marv Albert, su compañero en TNT. “Tiene un magnífico sentido del humor. Refinado, honesto… Incluso se mete consigo mismo cuando es necesario”, defendía Gregg Popovich, quien le entrenase en los Spurs. Y así podríamos sumar un sinfín de declaraciones que llenarían varias páginas de diarios por sí solas.

Su personalidad conquista, pero no embauca. Si hay un punto en el que todos coinciden es en que Steve te gana hablando. Tiene ese don, ese privilegio innato de la palabra, desarrollado a lo largo de su vida viviendo en diferentes países (Líbano, Francia, Egipto, EE.UU.) y habiendo convivido en culturas y contextos tan dispares. Su inteligencia y curiosidad, dicen, sobrepasan lo razonable. Su trabajo intachable hace el resto. Y es crucial, antes de desenmarañar algunos de los nombres más importantes de su estructura, entender este aspecto de su personalidad para comprender su metodología de trabajo y por qué está hoy en la cúspide del baloncesto.

Equipo igual a familia

Aprendió Kerr desde que aún era un imberbe adolescente la importancia capital que tenía crear una cultura cuasi familiar dentro de un equipo. El primero en enseñárselo, Lute Olson, su entrenador en la Universidad de Arizona. De él aprendió como se construía un equipo desde cero. Como desarrollar una cultura y crear una familia entre los miembros del equipo fuera de la pista. Idea que continuó teniendo presente el resto de su carrera deportiva, a las órdenes de Phil Jackson y Gregg Popovich.

Olson se ocupó de él en el peor momento de su vida. Con 18 años, dos terroristas radicales del Hezbolá asesinaron a su padre descerrajándole dos balazos a bocajarro en la cabeza. Malcom Kerr, profesor universitario en Beirut, le enseñó a defender los derechos humanos por encima de cualquier cosa. Incluso de su vida. Lute Olson recogió a un Kerr deshecho dándole un futuro, desarrollando la filosofía inculcada por su padre.

Por eso, para Kerr, quien trabaja con él siempre estará por delante de cualquier logro cosechado. Poco importa el éxito si no se comparte. Prueba de ello da David Griffin, quien trabajó con él cuando Kerr era el GM de los Suns (2007-2010). “Me lancé a este trabajo como si fuera una carrera universitaria de la que no tenía ninguna experiencia. Pero Steve me dijo: ‘No tienes nada que demostrar’. Me hizo sentir a gusto viviendo de forma que todo significase algo para mí”.

En Phoenix, entre otros grandes momentos de gloria, encabezó la protesta usando a los Suns como arma mediática contra la polémica ley de inmigración promulgada en el Estado de Arizona en 2010. Kerr comparó dicha ley con las del régimen de la Alemania nazi y, en el Game 2 de los Playoff contra los Spurs, el equipo salió con sus camisetas en español/latino “Los Suns”, en deferencia a los inmigrantes mexicanos e hispanos. Un ejemplo de ética que, recientemente, hemos seguido viendo en otros jugadores protestando contra causas sociales. Especialmente, los abusos y asesinatos racistas a cargo de policías.

Su salida de los Suns, tras solo tres años en el cargo, fue dolorosa para todos. Y no tanto por perder un General Manager que había realizado un excelso trabajo, armando el equipo que maravillaría al mundo con su “tormenta perfecta”, el “caos organizado” de Arizona, sino por ver marchar a una persona como Kerr. Pero él eligió pasar más tiempo con su familia. Sabían que no había nada que hacer. Hasta tal punto caló Kerr en todos ellos, que Robert Saver – aún hoy propietario de los Suns – fue quien llamó a Joe Lacob personalmente para recomendarle a Steve Kerr como entrenador tras despedir a Mark Jackson. Sabía que estaba reforzando al “enemigo”. Pero su amigo iba por delante de todo. Era su forma de devolverle tanta gratitud guardada. La huella de Steve Kerr siempre cala hondo allá por donde pisa.

Todo el que ha tenido la fortuna de compartir con él unos momentos termina deseándole la mejor de las suertes. Sin excepción. Quienes han trabajado codo con codo con él o comparten su tiempo a diario, dan mejor cuenta de ello.

Pero otro que no olvidará nunca su valor como persona es el fotógrafo John McDonough. Durante las Finales de Conferencia de 2010, recibió un fuerte golpe (fortuito) de Jared Dudley. Mientras el fotógrafo era evacuado por el pabellón a la ambulancia, Kerr salió disparado acompañando la camilla pidiéndole el número de alguien de su entorno a quien avisar. Logró localizar a la mujer de McDonough minutos después, tranquilizándola y dándole indicaciones sobre el estado (sin gravedad) de su marido. Todo ello, con un partido decisivo seguía en curso.

Los hombres de Kerr

Todo gravita sobre él. El mayor acierto de Steve Kerr desde que llegó al banquillo de los Warriors no fue persuadir a Iguodala de ser su capitán en jefe liderando la segunda unidad. Ni pintar jugadas para Klay Thompson. Ni tan siquiera acertar con Alvin Gentry y Ron Adams como sus principales entrenadores ayudantes. Kerr fue incorporando a su círculo de colaboradores distintos perfiles de mente inquieta y perfil altruista. Desgranamos algunos de ellos, con participación clave en el título. Otros, ya fueron analizados en el artículo anterior.

Archiconocida es ya la historia de Nick U’Ren, el ‘chaval’ de 28 años que cambió las Finales. U’Ren, asistente personal de vídeo de Kerr, dio el golpe de efecto decisivo para levantar el trofeo. Una llamada suya a las 3 de la mañana a Luke Walton – de quien hablaremos también – dinamitó los esquemas previstos. U’Ren, inmediatamente después de que los Warriors perdieran en Cleveland, con las series 1-2, se dedicó a analizar compulsivamente las últimas Finales.

El joven se percató de cómo Popovich cambió a Splitter por Diaw en el quinteto titular, dando más polivalencia y ritmo a su juego. U’Ren apostó por meter a Iguodala en lugar de Bogut en el quinteto inicial. Tras horas de análisis, cogió el teléfono, a las 3 de la mañana, para comunicar su descubrimiento a Luke Walton. No podía esperar ni un minuto. El somnoliento asistente de Kerr mantuvo un arduo debate con el ‘chico de los vídeos’, poniendo a prueba la fiabilidad de sus argumentos. Pero bien sabía Walton ya en ese momento que tenía razón. Le prometió que trasladaría el debate al resto del cuerpo técnico durante el desayuno esa misma mañana.

Hubo notables reticencias. Ron Adams incidió en la faceta defensiva, donde perderían el rebote de forma sangrante. A cambio, se valoró controlar el ritmo de partido, imprimiendo la velocidad que los Warriors necesitan. Fueron horas de análisis profundo, con sus pros y sus contras. Finalmente, como ya sabemos, optaron por hacer caso a U’Ren. Kerr le telefonearía posteriormente para trasladarle un mensaje que, seguro, no olvidará. Nick U’Ren, rendido a sus encantos, también cayó en la red y valoró así al técnico: “Solo tengo una explicación: Creo que el universo cuida de personas así. Si tú eres bueno con los demás, volverá hacia ti”.

Pero no es el único que tomó el mando cuando pintaban bastos. Bruce Fraser, el preparador principal del equipo, observó las caras de sus chicos cuando la serie contra Memphis iba 1-2. Si bien los focos apuntaron a Kerr y a su brillante movimiento de colocar a Bogut en defensa con Tony Allen, nulo en ataque, Fraser fue quien cambió la mentalidad con un chute de adrenalina. “Estos chicos necesitan un poco de historia de los Bulls”, le dijo a su amigo Steve. Y allá que fue. Les empapó del espíritu ganador de Jordan, de los triples imposibles de su hoy entrenador, de la filosofía zen… Memphis no ganó ningún partido más en la serie.

El respeto reverencial que tienen por Fraser en el equipo le situó como la voz más autorizada, por encima del propio Kerr, a la hora de levantar la moral de los jugadores. Una filosofía de equipo que el entrenador fomenta, permitiendo a todos sus miembros, tengan el puesto que tengan, tener voz y voto a la hora de colaborar activamente en la gestión. Fraser, para más inri, es su amigo desde que fuesen juntos a la Universidad de Arizona, compartiendo equipo a las órdenes de Lute Olson. La relación que les une es tan profunda, que Fraser estuvo presente el día que Kerr conoció a Margot, hoy su mujer e, incluso, en su primera cita. El año pasado, siempre que podían, desayunaban juntos cada mañana.

Ya trabajaron juntos en los Suns, cuando Kerr era GM. Él fue el principal responsable de hacer de Nash un dos veces MVP, el líder de “la tormenta perfecta”, como ahora ha hecho con Curry. Impone un ritmo de trabajo en sus sesiones realmente escandaloso. Iguodala, tipo duro, le “retó” nada más llegar diciéndole: “Vamos, échame mierda”, probando si de verdad era tan duro entrenando. Fraser sonrió, mirándole. Y comenzó una gran relación entre ambos.

Aunque para reclutarle hizo falta recorrerse media costa oeste. En esta ocasión, Steve Kerr no fue solo. Llevó consigo a Luke Walton, su mano derecha. Walton se retiró en Cleveland en 2013 sin pena ni gloria gracias a la llamada del entrenador. Kerr le convirtió en su confidente, su aliado acérrimo y su ayudante más estrecho. Es el tercer entrenador asistente detrás de Gentry y Adams, pero su labor es fundamental como nexo entre la plantilla y el staff. Su carácter afable cuaja a la perfección con el de Steve Kerr.

Pero quizá el nombre más llamativo sea el del doctor Chris Johnson. Johnson es psicólogo, lleva seis años al frente del laboratorio de neurociencia que tienen las Fuerzas Especiales del Ejército de los Estados Unidos en San Diego. Es decir, la élite entre la élite: los SEAL. Y, casualidad, en San Diego es donde Steve Kerr tiene su residencia familiar. La historia la destapó recientemente Baxter Holmes (ESPN). Era uno de los secretos que con más recelo guardaban en la franquicia.

Kerr es como un alto mando del ejército pero al mismo tiempo analiza a las personas de forma integral. Va más allá de lo que hace un jugador en los 48 minutos que dura un partido. Se preocupa por cómo son como padres, como hermanos, como compañeros de vestuario… se preocupa por la vida personal de cada jugador”, dice Johnson. Su afición por los Bulls de Jordan le llevó a trabajar a las órdenes de Kerr en estos Warriors.

El psicólogo les visitaba un par de veces al mes, trabajando con ellos situaciones de estrés límite para mejorar sus reacciones: “Vas a tener un equipo mejor si tienes a jugadores que en situaciones de tensión son capaces de ser mejores compañeros, estar tranquilos y seguir con precisión las indicaciones del entrenador. Con el ejército es similar. En los combates en espacios cerrados y en pleno tiroteo, un soldado tiene menos de un segundo para saber quién o qué es un objetivo y quién o qué no lo es y disparar… o no hacerlo. Eso se puede aplicar al baloncesto aunque es obvio que las consecuencias son radicalmente distintas y que en el mundo del deporte no estás decidiendo en un instante quien tiene que vivir y quien no”.

El choque de dos mundos radicalmente distintos, pero que causan fascinación por igual. Aunque sea por el mero hecho de enfrentarse a lo desconocido. Porque, como decía el propio Johnson a los jugadores, pasmados e intrigados, “los SEAL, por ejemplo, no dejan de ser tipos bastante normales que también se quedaron fascinados y me hicieron muchas preguntas cuando les dije que estaba trabajando con los Warriors”. Tal grado de admiración causó la propuesta, que dos SEAL visitaron al equipo para compartir tiempo con ellos.

Sin afán de pretender analizar cada nombre de su staff, cada persona que ha influido en la consecución del anillo… Pues sería prácticamente imposible acercarse a todos ellos, se han ofrecido pinceladas de algunos nombres de importancia capital en la estructura de este equipo campeón. En el primer artículo publicado en Planeta Deporte sobre Kerr, ya hablaba de las relaciones personales con el entorno que le rodea y cómo preparó, junto al hoy ojeador de los Warriors Kelly Peters, su archivo Por qué estoy preparado para ser entrenador con el que convenció a Joe Lacob y Bob Meyers de ser el candidato idóneo al banquillo de los Warriors.

El ‘otro’ Steve Kerr

“Hay una maquinaria que ha sido construida en este país alrededor del deporte. Y esa maquinaria es la que nos hace ganar tanto maldito dinero”, explicaba Steve Kerr al periodista Lee Jenkins para Sports Illustrated. “Hacemos una vida en el baloncesto. ¡Es increíble! ¡Es una broma! ¿Cómo ha pasado? Es bueno pensar sobre ello. Es importante para nuestros jugadores pensar sobre ello. Tienes que separar la seriedad de tu oficio, trabajando para lograr algo especial, mientras reconoces la absurdidad de todo esto”. Justamente, lo que aprendió de él David Griffin en Phoenix.

Su gran sentido del humor le llevó también a instaurar una sesión innovadora para relajar la tensión del día a día. Igual que aprendió de su amigo Pete Carroll a usar la música rock en los entrenamientos para motivar a sus jugadores, adoptó otra idea: divertirse viendo vídeos absurdos de los entrenadores. Tan pronto aparece Luke Walton fallando una entrada sin rival, como Kerr y el propio Fraser en un (lamentable) intento de rapear o Alvin Gentry tropezando. “Es un circo por completo”, dice Dray Green. Esa, entre otras muchas, es una de las razones por las que aseguró tras ganar el anillo que se quedaría en los Warriors este verano.

En el fondo, no se trata sino de humanizar la relación entre el staff y los jugadores; transmitiéndoles, sin que ellos se percaten, que no son sino personas normales y corrientes como ellos. Que no han de mirarles como un ser superior con autoridad. Por eso Steve Kerr insiste siempre en hace vida fuera del deporte. Distrae a sus jugadores con esos vídeos absurdos, charlan sobre cine, literatura, otros deportes… Todo con el fin de crear la mejor atmósfera. Como una familia de acogida que se cuida entre sí.

Él mismo se define como alguien normal. Y predica con el ejemplo. Le gusta ir a escalar en el Robert Sibley Volcanic Regional Preserve. O ir a hacer surf en Pipes Beach, en su casa de San Diego; o cocinar barbacoas para su hija Maddie y sus compañeras en el equipo de volley. E ir a ver a su hijo Nick jugar al baloncesto en la Universidad de San Diego (de la que se gradúa este año). Kerr, llegó a reconocer, iba de vacaciones cada año a moteles baratos de la Scorpion Bay, en la Baja California. O, simplemente, tiraba una tienda de acampada sobre la arena. La parafernalia NBA jamás le embargó. Sus pequeños placeres distan de levantar un trofeo.

Entre ellos, dirigir partidos NBA con sus adoradas Vans. Un sueño modesto, pero capaz de cambiarle la cara. Porque, lo primero que hace nada más terminar los partidos, es cambiarse el traje y ponerse sus cómodas Vans, con una camiseta cualquiera y unos vaqueros.

Igual que la literatura. En sus momentos de paz, Steve Kerr se relaja cogiendo un libro y abstrayéndose de cualquier otro asunto. Todo puede esperar. Incluso cuando pierde, siempre da tiempo a todos para relajarse antes de ponerse a analizar vídeos.

En uno de esos momentos de paz absoluta, encontró la serenidad para leer en el avión mientras todos dormían, de vuelta a San Francisco. Con el trofeo en su regazo, vistiendo una sobria camiseta gris con el logo de sus Seahawks que dirige su querido Pete Carroll;  concentrado en las líneas de Daniel James Brown. Absorto en la historia de nueve atletas olímpicos americanos que triunfaron en aquellos JJOO de la Berlín nazi en 1936. Epopeya para humanizar su propio triunfo, no vaya a ser que se le suba a la cabeza.

Su mujer Margot ya tiene preparada su próxima lectura: Preparación para la otra vida, de Atticus Lish. “Es demasiado bueno para que lo lea ahora”, decía Margot, que no quería distraerle. “Cuando las Finales hayan acabado”. Al fin, ha encontrado la calma entre su “tormenta perfecta”, iniciada en Phoenix 8 años atrás. Aunque la avalancha de mensajes y llamadas de todo el reguero de amigos que ha dejado a sus espaldas se empeñe en arrebatársela cada cinco minutos. Él ha triunfado por todos. Steve Kerr ha conseguido que sientan ese trofeo como algo propio. Y eso sí es algo absolutamente increíble.

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