Hubo una vez un base

*Nota: Artículo publicado originalmente por Álvaro Carretero en Planeta Deporte

“Hay un base en mi. Aún hay un base en mí”. De película infantil a canción protesta. Porque ahora, en un ejercicio de nostalgia, pediría volver a leer la primera frase entonando la melodía de Toy Story. La canción, tanto por sus connotaciones cinematográficas como en las personales de cada uno – quién no ha visto Toy Story, sea en la infancia o con sus hijos, primos o sobrinos pequeños… –.

Como si quisiesen mezclar las reivindicativas letras de Bob Dylan en un ritmo anclado en el pasado. Porque entonar la musiquilla de Toy Story nos evoca inexorablemente a nuestra infancia. A esa etapa de la vida que, afortunadamente, recordamos con felicidad. Siempre añorada; siempre vívida en nuestra mente. Unos recuerdos empañados que, a veces, casi podemos palpar. Pero que no son sino reductos etéreos en la memoria.

Lo mismo que queda de aquellos grandes astros caídos en desdicha. Deportiva y, en no pocos casos, vital. Echar mano de los momentos álgidos de su carrera, sentados en su lujoso sillón viéndose a sí mismos gobernar la NBA. Sabiendo que no volverá. Tal vez luchando por autoconvencerse de que aún pueden remontar el vuelo, como aquel Buzz Light Year que, ciego de fe, saltó por la escalera pensando que podía volar. Pero solo era un juguete. Un juguete roto. “Hubo un base en mi”.

Deron Williams: “Bye bye, Brooklyn”

Desmotivación, falta de ética de trabajo, excesos, lujos, contrato de 100 millones… Deron Williams ha cocinado todos los factores ideales para servir una sopa de mediocridad. Porque pasar de ser el mejor base del mundo a una frustración constante da para best seller. Su rivalidad con Chris Paul – ambos fueron elegidos en el Draft de 2005: Deron en tercera posición y Paul, en cuarta – animaba la NBA en aquellos años.

Su talento no conocía límites. En apenas un par de años ambos bases rivalizaban por convertirse en el mejor de toda la NBA y, por ende, del mundo. Williams llegó a ser descrito por Bruce Bowen en 2006 como “un joven John Stockton”. Pero su descomunal baloncesto no fue reconocido unánimemente y, en 2008, se quedó fuera de un All-Star plagado de bases estrella en el Oeste: su archienemigo mediático Chris Paul, Allen Iverson y Steve Nash.

Entre los años 2009 y 2010 Deron Williams alcanzaría su plenitud como jugador. Nadie osaba toserle sobre la pista. Lideraba a unos Jazz que Jerry Sloan seguía controlando con mano de hierro. Y por ahí llegaría la fricción y un abismo insalvable en su carrera. Las malas relaciones entre ambos eran la comida del día en la prensa. Su cabeza empezaba a dispersarse y Sloan nunca consiguió desmentir de forma convincente que dimitiese tras más de veinte años en el banquillo de Utah por las presiones internas del base. Tampoco Deron puso demasiado esfuerzo en desmentirlo, pese a sus declaraciones apoyando al coach en los medios. Ni en disimular lo poco que le importaba su marcha.

El estigma de ‘killler’ de entrenadores ha perseguido a Williams desde entonces. Acabó con toda una institución como Sloan. Como Popovich en San Antonio, era una institución dentro de la propia franquicia. Un mito superviviente al padre tiempo. Pero ni echando a Sloan conseguirían ya reconducirle. En su último año de contrato, los Jazz se desprendieron de él rumbo a los Nets a cambio de Favors, Devin Harris y dos primeras rondas en 2011. Tras el drama de su renovación en 2012 y coquetear con los Mavericks, su “Hello Brooklyn” marcó la que debía ser la etapa más gloriosa de la franquicia. Él era el líder del proyecto construido por Prokhorov junto a Garnett, Pierce y Joe Johnson. Pero era un líder con pies de barro.

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Entre lesiones y dedicado a la buena vida de su nuevo contrato, se olvidó de su condición de estrella. El mejor base del momento se desinfló estrepitosamente escudado en excusas sin fin. Cada año abocado a un declive que aún no conoce fondo. Siempre con la esperanza de remontar, de ofrecer una mínima parte de aquel fénix efímero que incendió la NBA. Comercialmente, supuso para los Nets beneficios incalculables. Al bolsillo del magnate ruso, junto a sus otras estrellas y su estrambótico proyecto, un desembolso de entre 200 y 250 millones en impuesto de lujo por temporada.

Sacó a Avery Johnson de sus casillas y, unido a la mala relación del entrenador con el General Manager Billy King, obraron su cese fulminante. Misma relación que hubo de sufrir Jason Kidd el año de su debut con ambos. Kidd no logró quitarse de en medio a King y en 2014 aceptaría la oferta de los Bucks como entrenador y presidente de operaciones. Tampoco pudo nunca lidiar con un Deron Williams completamente desmotivado y dedicado a sus placeres vitales más que al baloncesto. Y Lionel Hollins, conocido por no tolerar comportamientos como el suyo, tuvo que aguantar toda la temporada pasada desplantes y desidia por igual. El exterminador de entrenadores se enfrenta ahora a Carlisle.

Su imagen estaba acabada. Y su fichaje por Dallas – ahora sí – llega demasiado tarde. Firma por el mínimo de veterano tras alcanzar un acuerdo de buyout con los Nets. Y si una frase le acompañará para siempre, será la que Paul Pierce le dedicó nada más firmar por los Wizards en 2014: “Antes de llegar a Brooklyn, veía a Deron como un candidato al MVP. Pero una vez estuvimos aquí, me di cuenta que no quería serlo. Simplemente, él no quiso”. “Kevin y yo llegamos a los Nets pensando que Deron y Joe Johnson tirarían del equipo. Pero, con los años, acabamos empujándolo nosotros solos con la ayuda de los secundarios”.

Pude y no quise. Epitafio a la carrera de Deron Williams.

Rajon Rondo: leones por corderos

Celtics 76ers Basketball

Hubo una vez un irreverente base. No existían moldes donde enmarcarle. Cualquier comparación le hacía parecer extravagante. Como un traje con las mangas demasiado grandes. O una camisa que escapa rebelde por debajo de la chaqueta, sin respetar las proporciones. Rajon Rondo fue (¿es?) uno de esos tipos incalificables pero, al mismo tiempo, sumamente brillantes.

Siempre atrapado por un Big Three hegemónico y un entrenador con vitola de protagonista. En el sistema de engranajes, Rondo se veía relegado al último eslabón. Pero no se hubiesen entendido los últimos éxitos de los Celtics sin él. A medida que Garnett, Pierce y Allen sufrían el peso de sus años, Rondo fue tomando responsabilidad sobre la pista. Su juego trepidante no encontró parangón en la liga. Capaz de liderar durante meses la clasificación de asistentes conmás de 12 ó 13 asistencias de media, apuntaba a ser el mejor base de la NBA con la anunciada reconstrucción de Danny Ainge.

Rondo llevaba dos temporadas reclamando los focos. Él tiraba del equipo en temporada regular cuando había que dosificar a los veteranos. Sus acciones espectaculares, sus pases circenses e inverosímiles para el resto de la humanidad, siempre fueron un arma de doble filo. Podía alcanzar el clímax más placentero como el fondo más ardiente.Los picos de irregularidad fue el gran caballo de batalla contra el que Doc Rivers intentó luchar en sus años en Boston.

Pero la reconstrucción llegó de forma abrupta con las prisas de los Nets de Prokhorov, recién mudados a Brooklyn.Ainge vio la oportunidad y se lanzó de lleno a golpear con el mazo los cimientos de su deteriorada casa. Y a Rondo le llegó su ansiada oportunidad de ser el líder supremo del equipo. La responsabilidad de liderar una franquicia con la historia de los Celtics y una sucesión constante de lesiones le colocó en el ojo del huracán. Ya no era el tapado, no valían excusas para la irregularidad. Ya no había veteranos en los que ampararse para asumir culpas conjuntas. Él era el único faro de la desangelada etapa verde.

De perderse temporadas enteras a perder la estrella de su juego. Doc Rivers había logrado lo que ahora podemos considerar como una proeza casi milagrosa: controlar su dispersa cabeza. Lo cual no le libró de discusiones y problemas con su base, siempre predispuesto a discutir y cuestionar decisiones que no cuadraran en sus esquemas. Él quería ser líder y Doc soltó cuerda, pero no tanto como quería Rajon.

Con el novato Brad Stevens vio Rondo la oportunidad de hacerse el jefe. Pero, como Deron Williams, un jefe con pies de barro. Rondo buscaba prestigio, respeto de cara a la galería. Pero se olvidó que debía ganarlo en la pista. Su nombre solo tendría valor si lo demostraba como jugador. Y resultó que Brad Stevens no era el novato perdido al que mangonear. Cogió el testigo de Rivers e implantó su propio credo en el nuevo vestuario. Se hizo respetar y dejar claro que ninguna voz hablaba más alta que la suya. Mensaje más que indirecto a los gallitos que tenía su equipo.

NBA: Dallas Mavericks at Phoenix Suns

Frustradas sus esperanzas de liderar a los Celtics por defecto, Rondo perdió el interés. Las escasas victorias en esta etapa de reconstrucción hicieron el resto. Y, como excusa, las lesiones constantes y la manida falta de ritmo por no encontrar sensaciones una vez recuperado. El cóctel estaba hecho. Rajon Rondo había querido ser un león, heredar de manos de mitos vivientes el mejor equipo más laureado de la historia y hacerse un nombre. Pero no fue sino un cordero disfrazado. Jamás tuvo, ni tendrá, cabeza para ser un líder. Ni estabilidad suficiente. Ni peso, ni respeto, ni carácter para llevar la voz cantante. No cuando su personalidad no deja de ser una fuente de problemas constante con sus entrenadores.

Brad Stevens habló siempre de priorizar el colectivo. Y Rondo ya ni siquiera ponía ganas en los entrenamientos. Pedía a gritos el traspaso. Y, en 2014, año en que acabaría contrato, llegó. Sus huesos dieron en Dallas, con un Carlisle que no iba a consentirle ni una chorrada; ni una salida de tono. Y, tras meses de confrontación pública y privada entre ambos, la relación se saldó con Rondo descartado en Playoff tras la discusión más intensa entre ambos.

En verano firmó con los Kings como agente libre, un equipo anárquico y pintoresco donde poder ejercer el ansiado liderazgo – bajo el paraguas de DeMarcus Cousins – y sentirse valorado y respetado. Pero tener a George Karl en el banquillo amenazaba tormenta. Y, en apenas un par de meses de relación, el base ya ha admitido haber discutido en repetidas ocasiones con su entrenador. Ni por asomo se acerca al nivel de aquel base que maravilló en la última etapa de gloria verde. La falta de trabajo es demasiado evidente y está por ver si no será tarde para que recupere el tiempo perdido. Pero a sus 29 años, lo que parece que jamás cambiará, serán los pájaros de su cabeza.

Su epitafio, en su caso, lo puso otro de los bases más prestigiosos de la historia. Isiah Thomas – la leyenda de los Pistons, no el actual base de los Celtics, que se llama Isaiah – le definió así ateniéndose exclusivamente a su juego: “Rondo es como un artista. Pinta un cuadro en el lienzo. Tienes que darle la creatividad para hacerlo, no puedes darle el dibujo hecho y decirle que lo coloree”.

Jrue Holiday: la maldición del novato

Hasta 2013, la carrera de Jrue Holiday había sido impecable. Lideraba a los últimos Sixers que lograron los Playoff junto a Iguodala, Thaddeus Young, Lou Williams… Hasta que llegó la demolición pertrechada por Sam Hinkie. Demolición sin aparente rumbo, por ahora. Salvo en su primera temporada (51 partidos), Holiday apenas se había perdido 20 partidos en las dos siguientes en Philadelphia.

Y, cada año que pasaba, crecía aún más. Así hasta llegar All-Star por derecho propio en la campaña 12/13, en la que batió todos sus registros promediando 17.7 puntos y 8 asistencias. Con solo 22 años estaba consolidado en la élite de la NBA. Era uno de los bases más cotizados del momento y su futuro se asumía prometedor. A diferencia de Rondo y Williams, aún está a tiempo de encauzar su carrera de nuevo, pues solo tiene 24 años.

NBA: Memphis Grizzlies at New Orleans Pelicans

Y, también a diferencia de los dos anteriores, Holiday mantiene una ética de trabajo impecable. Solo las lesiones han lastrado su carrera en los dos años anteriores. Lesiones que no le han dado un respiro desde que llegase a los Pelicans. Porque Nerlens Noel, drafteado por los Pelicans en la sexta posición del Draft de 2013, fue traspasado apenas minutos después a los Sixers por Holiday. Noel juró entonces que demostraría cada día el error que habían cometido los Pelicans y todas las anteriores franquicias que no le draftearon, cuando apuntaba a número 1 de no ser por su lesión.

El pobre Holiday quedó maldito en aquel traspaso del que solo formó parte como mera mercancía. En las dos últimas temporadas ha jugado un total de 74 partidos. 4 menos que en su temporada de All-Star. Pese a ello, cuando ha estado en pista, su aportación ha sido diferencial para hacer crecer a su equipo. Solo con mantenerse sano, Holiday volverá a pelear por volver a cúspide. Aunque en el salvaje Oeste el galardón cotice a precio de oro. Holiday aún no ha bajado de los 14 puntos y 7 asistencias de media estos dos años en New Orleans.

Tristemente, ilustra esta tercera variante de bases hundidos tras alcanzar su pico de plenitud, el punto álgido de sus carreras. Tanto Monty Williams como ahora Alvin Gentry están encantados con su ética, profesionalidad y carácter. Su parte es, en teoría, la más fácil: eludir el infortunio.

Ilustres invitados

En este artículo hablamos en exclusive de bases. Y para ser más concretos, de bases actuales. Extender la lista más allá nos daría tal cantidad de ejemplos en la historia de la NBA que sería inasumible abordarlos todos en un solo artículo.

Pero sí podemos mostrar casos ejemplarizantes y muy recientes de bases que, tras alcanzar su plenitud como jugadores, se consumieron con su propia llama. Cómo olvidar a  Jason Williams, por ejemplo. “White Chocolate” creció en un barrio e instituto negro y se ganó el respeto en la pista. Llegó a la NBA siempre perseguido por su condición de anarquista, de atentar contra todo sistema colectivo. Jason Williams llegó a ser definido como un terrorista del juego, pero jamás hubo un genio de su calibre sobre la pista.

Hartos de su conducta extradeportiva y de esperar una madurez que nunca llegaría, los Kings le traspasaron a Memphis. En su año de debut con los Grizzlies, Williams firmó la mejor temporada de su carrera. Mero espejismo en adelante.Perseguido siempre por el estigma del talento sin cabeza, siempre se le exigió madurar sin comprender que su madurez mataría aquello que le hacía único en el mundo. Tendría una oportunidad de redención en 2006 con los Heat, con quienes ganaría el anillo en ese equipo de “integración social” que Pat Riley montó con tipos descarriados. Para entonces, White Chocolate no era ni su sombra.

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La historia de Allen Iverson es mucho más prolífica. Al límite de ser calificado como “uncoachable”, sus problemas extradeportivos son archiconocidos en los mentideros de la NBA. Pero el pequeño AI llevó a los Sixers a unas Finales NBA, fue MVP ese mismo año (00/01) y máximo anotador dos años seguidos, siendo el primer jugador desde Michael Jordan en superar los 30 puntos de media en temporada regular. Su carácter sobre la pista es incuestionable. Un guerrero capaz de superar el dolor y la adversidad de su altura. Pero su declive como veterano le llevó de traspaso en traspaso por Detroit, Memphis y, de nuevo, a los Sixers, donde colgaría las botas. Sus historias de alcoholismo, fiestas desenfrenadas y problemas de disciplina siguen vigentes hoy día. No obstante, Iverson ha sido una de las figuras más importantes de la NBA.

La historia de Mookie Blaylock es, quizá la más desgarradora de todas. Llegó a ser All-Star la temporada 93/94. Siempre disciplinado, con una ética de trabajo envidiable. Jamás dio un problema como jugador. Pero su vida personal era otra historia. Comenzó a beber cuando aún estaba en activo, en los últimos años de carrera. La botella atrapó en su vicio sin fondo su existencia. Provocó su divorcio, una orden de alejamiento por agredir a su ex mujer y la caída a un abismo de clubes de striptease, marihuana y alcohol. Blaylock luchó por su vida durante años y, tras mantenerse limpio durante años, un ataque del síndrome de abstinencia le hizo perder el control de su coche y colisionar brutalmente con otro, matando a la mujer que viajaba de copiloto. Sus abogados lograron reducir su sentencia de 10 a 3 años de cárcel.

Pero, si de autodestrucción hablamos, ninguna historia como la de Steve Francis. Tres veces All-Star, más de 100 millones ganados en la NBA y un historial aún mayor de escenas en discotecas. Estrellas de la actualidad como Damian Lillard, Russell Westbrook o Derrick Rose crecieron idolatrándole sobre la pista. Afortunadamente, no fuera de ella. Siempre convivió con el mundo de la noche, pero en sus últimos años sus adicciones eran tan grandes, que estas pasaron a ser su oficio, dejando el baloncesto como un trabajo molesto al que asistir. Francis llevaba ya años de decadencia extrema antes de volver a Houston a acabar su carrera.

GTY FILE PHOTO: GILBERT ARENAS CHARGED WITH FELONY S SPO USA AZ

Y cómo olvidarnos de Gilbert Arenas. Sus historias pueden llegar a ser tan escalofriantes como ninguna otra. Que si apuntar a un compañero con un arma en el vestuario, problemas de disciplina y la ristra de vicios habitual que consume a deportistas que, desafortunadamente, pierden el rumbo de sus vidas. Su inestabilidad le ha llevado a juicio y dormir en las dependencias policiales en más de una ocasión. Como cuando la policía le detuvo con un cargamento de fuegos artificiales ilegales. Excentricidad, dinero y trastornos incurables. La combinación ganadora para tirar una vida al precipicio. En 2013, gracias a la “brillante” gestión de los Magic renovando su contrato, seguía siendo el tercer jugador mejor pagado de la NBA, pese a llevar años retirado.

Casos aparentemente aislados. Casos dispares. Bien por lesiones, por irregularidad, falta de adaptación o, simplemente, por elegir un camino de felicidad superficial que apareció al alcance de un puñado de dólares cuando el baloncesto, más que un premio, se convirtió en una carga. La actualidad dará paso a los recuerdos. A la nostalgia. Y, en unas décadas, sus nombres no serán sino una historia que contar en una charla de cervezas entre amigos. Porque su gloria y tragedia no es más que polvo. Un recuerdo fugaz que almacenar. Sus vidas, en cambio, perdurarán con su sello en su círculo cercano.

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