La revolución de Van Gundy

*Nota: Este artículo fue originalmente publicado por Álvaro Carretero en NBA Sunday.

Seré honesto. Fue muy decepcionante que no pudiera realizar un mejor trabajo el año pasado. Es algo que sigue molestándome. Se que teníamos mejores jugadores como para haber empezado con un balance de 5-23. Como entrenador, lo pasas mal cuando no consigues que el equipo vaya mejor”,

Stan Van Gundy.

Los Pistons han cambiado mucho desde entonces. De hecho, ya la temporada pasada dieron un primer aviso en enero. Siete victorias consecutivas nada más despedir a Josh Smith – aún le deben 27 millones en los próximos 5 años – revitalizaron un equipo hasta entonces hundido. Por primera vez en siete años, había una mirada distinta. Había esperanza.

Pero la lesión de Brandon Jennings echó por tierra el trabajo. Cruel castigo del karma, si es que acaso alguien en la empobrecida ciudad de Detroit cree en él. En 2008, el infame traspaso de Chauncey Billups por Allen Iverson les dejó malditos. Un movimiento que, más que un traspaso, olía a traición. Y no era la primera vez. Rick Mahorn, aquel carismático enforcer, mito de los Bad Boys campeones, fue traspasado el mismo día que los Pistons celebraban su título de 1989 en Detroit. El karma se la tenía jurada a los Pistons.

Salir de la depresión

Solo estamos limitados por el tiempo. Nuestra meta este verano y durante todo el año pasado fue reunir talento, carácter y compatibilidad

Jeff Bower, General Manager de Detroit Pistons.

Pese a que Van Gundy no lograse los resultados esperados, consiguió algo aún más importante: cambiar la mentalidad perdedora y la cultura depresiva de Detroit. La percepción del equipo cambió radicalmente y esa esperanza, si bien perdida para la temporada, se mantuvo para esta presente 15/16.

La filosofía de Stan Van Gundy caló rápidamente. Y, pese a que algunas decisiones, como el contrato de 80 millones a Jackson o no mover un dedo por retener a Monroe, han sido muy cuestionadas, todas ellas estaban fundamentadas en una sólida base construida por el staff conjunto de los Pistons. La pasada temporada quedó patente que las piezas, por mucho talento que tengan, no encajan necesariamente entre sí. Pasó con Smith, con Monroe y pasará con Jennings cuando se recupere.

El siguiente vídeo, de una de las victorias del año pasado tras despedir a Josh Smith, muestra el carácter que Van Gundy imprimió a sus jugadores. “We just form a fucking wall!“, les gritaba para defender tras anotar Jennings la canasta ganadora.

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Van Gundy quiere respetar las jerarquías. Que las piezas se complementen dentro de su sistema. Ni por asomo quiere oír hablar de otro caso Josh Smith. Ya ha conseguido que sus Pistons tengan un estilo definido de juego a su imagen y semejanza. Todo su sistema se desarrolla a través de un pick&roll central entre Reggie Jackson y Andre Drummond. Un sistema que peca de simplista, pero mucho más vertical. Exprime las virtudes del equipo y minimiza las carencias. No son grandes creadores de juego ofensivo, así que el foco se reduce a sus dos jugadores de referencia y tiradores.

De hecho, es el jugador que más ataca la canasta de toda la NBA: más de 15 veces por partido. Y su ratio de pases es ínfimo para un base. Solo de 1 de cada 5 penetraciones acaba en un pase. No en asistencia. Solo en pase. En este contexto, el 64% de las posesiones pasa por las manos de Jackson. Lógicamente, Jackson es el único creador de juego en Detroit y el que más posesiones finaliza de toda la NBA.

Lo más curioso en el desarrollo del pick&roll, es que es Drummond quien sube a bloquear y continuar. Pero el pívot apenas recibe en las continuaciones. No finaliza las jugadas. Van Gundy ha encontrado la forma de aprovechar su presencia como amenaza. Cuando Drummond continúa hacia el aro, arrastra al defensor de Jackson en la ayuda, liberando al base. Jackson decide entre penetrar y finalizar, abrir el balón o un lanzamiento lejano.

En caso de fallo, se cuenta con la innata capacidad reboteadora de Drummond, ya colocado bajo el aro. Su eficacia se multiplica yendo al rebote en lugar de finalizando la acción. Su sola presencia es suficiente para crear espacios y confianza a sus compañeros.

Su sistema, lógicamente, cortocircuita el movimiento de balón. Solo crean a través del pick&roll. Máxima verticalidad pero escasa solidaridad. No es tanto una carencia imprevista, sino un estilo premeditado. Los Pistons tienen un ratio de 1,06 asistencia/pérdida. El ratio más bajo de la NBA. Además, son el equipo que menos asistencias reparte (16,7).

El aspecto más precupante, más allá de determinar si este sistema ofensivo no se colapsará a medida que avance la temporada y lleguen los partidos importantes, es la respuesta desde el banquillo. Su quinteto titular llegó a tener un Net Rating – la diferencia de puntos que sacan al rival – de 20 puntos por partido. Una auténtica barbaridad. Pero el del resto del equipo es negativo. Más allá de Stanley Johnson, apenas hay contribución de los suplentes. Y eso sí puede pesar demasiado cuando las piernas pesen en la segunda mitad de la temporada. Pero, por otro lado, se ha conseguido una química interna que es la base de los éxitos futuros.

“Disfrutan pasando tiempo juntos. Por ejemplo, si no tenemos partido en un par de días, suelen quedarse hasta bien tarde juntos. Se está fraguando algo especial. No quiero decir que vaya a ser perfecto, pero hay algo especial naciendo en nosotros”

Stan Van Gundy.

La psicología de Gores

Pero, ¿cómo se entiende este salto de calidad de los Pistons de Van Gundy? ¿Qué ha cambiado realmente en la franquicia desde su llegada? La revolución es mucho más profunda que un sistema de juego o unos cuantos jugadores nuevos.

El técnico quería asumir plenos poderes para aceptar la oferta. Oferta que le llegó en el momento “adecuado”. Y usamos las comillas porque Stan entró en la terna de candidatos para sustituir a Mark Jackson en los Warriors. Pero sabía que Steve Kerr era el favorito de Lacob. Así que aceptó la oferta de Tom Gores con una condición: su íntimo amigo Jeff Bower sería el General Manager. Adiós a Joe Dumars.

Era la oportunidad soñada. Y, al igual que Van Gundy expuso como condición sine qua non contratar a Bower y que el propio Stan asumiera el mando de las operaciones deportivas, Kerr, que ocuparía el banquillo de los futuros campeones, había trasladado a Joe Lacob, propietario de los Warriors, el staff con el que quería trabajar: Alvin Gentry, Ron Adams, Luke Walton y David Blatt, aunque este último aceptase la oferta de los Cavaliers. Van Gundy nunca entró realmente en los planes de los campeones sino como alternativa.

“Si tuviera que volver a elegir, tomaría la misma decisión. Quiero estar en Detroit”

Van Gundy, septiembre 2015.

Su ambición personal, su sueño de ayudar a remodelar desde los cimientos una franquicia, se hacía realidad. Nada más llegar, se puso manos a la obra para modernizar una franquicia que se había quedado obsoleta ante los nuevos tiempos que campan en la NBA. Como si, en la Edad de los Metales, se hubieran quedado atrapados en la Edad de Piedra. Una organización que, si bien fue eficaz en su día, estaba desbordada. Y de su propia ineficacia surgían los grandes males de los Pistons. El staff de los Pistons ha crecido exponencialmente desde que Joe Dumars fuese cesado como General Manager, a imposición de Van Gundy.

Porque si la front-office no funciona, rara vez un equipo cosechará éxitos. Durante casi siete años los Pistons han vagado sin rumbo, incapaces de tener amplitud de miras a la hora de innovar y abrirse a nuevos campos dentro de la NBA. Hasta acabar con la paciencia de Tom Gores, el propietario.

Tom-Gores-y-Stan-Van-Gundy

Gores compró los Pistons y Palace Sports & Entertainment a Karen Davidson en 2011. Se hizo el dueño absoluto de una franquicia ruinosa en una de las ciudades más empobrecidas de Estados Unidos. Pero no todo su camino ha sido de rosas. En 2011, el omnipresente lobby judío-republicano estadounidense, especialmente de Michigan, donde emigró desde Israel, le atacaron frontalmente por sus orígenes griegos y libaneses y, aún más importante, por la afinidad de su familia con el grupo islámico palestino Hamás. Ni Gores ni Stern se dejaron amedrentar.

Desde su misma llegada, cuestionó a Dumars. Contactó con Phil Jackson para ofrecerle un puesto como asesor. Y el Maestro Zen, como de costumbre, intentó colocar en el banquillo a uno de sus hombres de confianza: Brian Shaw o Kurt Rambis.

No cedió Gores a sus exigencias y la relación no llegó a buen puerto. Tocaba esperar. Tener paciencia hasta dar con el hombre adecuado. Pero con su acercamiento no hizo sino demostrar su ambición empresarial al frente de los Pistons. Y, de su relación con Jackson, sacó una idea innegociable en el futuro: la relación del equipo basada en las sinergias internas.

Gores no es el típico propietario despreocupado o con poca idea del mundo del baloncesto. Fue jugador en la universidad de Vermont (coincidió con Ralph Sampson) y, posteriormente, entrenador en el mismo sitio. Fue analista avanzado de Rick Carlisle y se doctoró en psicología del deporte. Una eminencia que, incluso, trabajó con la selección estadounidense de soccer en el Mundial.

“¿Qué más puedo hacer para ayudaros? ¿Cómo puedo ayudar al equipo? Tom siempre te empuja en la dirección correcta, donde otros muchos creerían que es equivocado. Pero ellos no quieren gastarse el dinero. No quieren asumir los gastos. Tom nos alienta a hacer todo aquello que consideremos necesario y todo lo que podamos para mejorar. Sin mirar su bolsillo”

Van Gundy, sobre Tom Gores.

La modernidad llega a Detroit

En 2004, los despachos de los Pistons contaban únicamente con cinco personas: Joe Dumars (GM), sus asesores de confianza – John Hammond, Scott Perry y George David – y Tony Ronzone, su scout internacional. Lo que ahora nos podría parecer un chiste, hace una década era lo más habitual en la NBA.

Las estructuras internas no precisaban de equipos repletos de personal. Y los General Managers trabajaban codo con codo con un puñado de colegas del gremio con los que se evaluaban decisiones. Los Pistons no eran una anomalía, sino que se enmarcaban dentro del contexto general. Es más, ese mismo año ganaron su último anillo. Y no necesitaron de un staff faraónico.

El gran problema fue que nunca supieron dar el salto a los nuevos tiempos. La modernidad engulló a Dumars y su equipo, incapaces de adaptarse. Ejemplo de su declive es la toma de decisiones a la hora de fichar. Perry y David viajaban a lo largo del país para encontrar jugadores mientras Hammond y Dumars ayudaban al cuerpo técnico a realizar análisis de scouting. Pero eso no es suficiente para tener datos precisos sobre jugadores a la hora de fichar.

Cuando llegaba un nombre a sus oficinas se seguían dos procedimientos: descartarlo ipso facto por considerarlo poco interesante – sin verle siquiera – o realizar un mínimo ‘estudio de mercado’ viendo un par de vídeos del susodicho. Si convencía, se movían para conseguirle. La conclusión, evidente en la última década de los Pistons, un desastre. Desde 2008 no han olido los Playoff.

Gores identificó la fuente de los problemas y, Van Gundy, que ya conocía las deficiencias internas de los Pistons, se propuso ser su hombre para dar un lavado de cara a la franquicia. Desde entonces, los Pistons han pasado de ser una de las organizaciones con menos personal de la NBA a una de las más profesionalizadas en muy diversos ámbitos. Su front-office cuenta con 123 personas, una de las más amplias de la liga. Todo ellos en tiempo récord. Ahora Bower tiene tres nuevos asistentes de operaciones deportivas – Ken Catanella, Jeff Nix y Brian Wright – y Mike Abdenour como director general de operaciones deportivas.

Tom-Gores-y-Joe-Dummars

A ellos se han sumado cuatro analistas profesionales de vídeo, con la misión de crear una base de datos viendo todos los partidos de la NBA. El año pasado ya visualizaron y analizaron más del 90% de encuentros. Ellos son los encargados de enviar informes sobre jugadores, equipos y cualquier tipo de estadística que ayude al equipo a reclutar jugadores o enfrentarse a distintos rivales. Cuentan también con seis ojeadores internacionales y universitarios, dos ingenieros de software para desarrollar tecnología avanzada y un coordinador general, Edward Rivero.

Pero no son los únicos nuevos puestos que se han incluido. En todos los estamentos ha habido incorporaciones destinadas a mejorar el rendimiento interno de la franquicia. En 2004 los Pistons tenían un único coordinador de vídeos. Ahora tienen tres. Pero aquel equipo ganó el anillo. Y el contexto era bien diferente, como se ha explicado.

También han contratado a Dave Hopla, uno de los entrenadores de tiro más prestigiosos de la NBA. Y al psicólogo Tom Perrin, para ayudar a los jugadores mentalmente. Idea, como no, de Gores. El personal de psicólogos es una novedosa tendencia en la NBA, pero tan beneficiosa como necesaria. Ayuda a mantener a los jugadores motivados, centrados y a que se expresen haciéndoles partícipes de sus preocupaciones. Es una forma de evaluar el estado mental de los jugadores y destapar problemas antes de que crezcan y se desconrolen.

Y, en otro ámbito, han perdido a Arnie Kander, toda una eminencia en fisioterapia, que decidió retirarse tras la pasada campaña. Dos personas han entrado para sustituirle: Jessica Schaefer, como entrenadora física asistente y Mark Cranston, como fisioterapeuta. El segundo ya trabajó con Bower en New Orleans.

“Queremos tener un departamento de scouting que pueda cubrir nuestras necesidades a la hora de tomar buenas decisiones. Tenemos que maximizar nuestro rendimiento cuantitativa y cualitativamente. Y creo que, en ese sentido, el bagaje empresarial de Tom realmente nos ayuda mucho”

Van Gundy, octubre 2015.

Ahora bien, ¿asegura el éxito tal cantidad de personal? No. Es útil, sí, pero no de imperiosa necesidad. Ayuda a sentar bases y aportar una base de conocimientos mucho más profunda en muchos sentidos. A mejorar el rendimiento o tener más perspectivas desde distintos ámbitos. Pero, por ejemplo, Pat Riley mantiene un sistema ahora considerado anticuado, de poco personal (81 personas) y sus Heat, aun habiendo perdido a LeBron, siguen siendo un equipo fuerte en el Este.

Claro está que los Heat mantienen un proyecto estable, mientras que los Pistons han tenido que reconstruir desde cero. Y, en ese sentido, rodearse de buen y numeroso personal beneficia a Van Gundy y Gores más de lo que podría hacerlo con los Heat.

“Me siento muy a gusto ahora mismo con la nueva química y esta cultura que hemos creado. Podría hablarte sobre la cultura, sobre la química… Pero es algo que tiene que desarrollarse cada día. Y que tiene que reflejarse en la pista. No hay discursos grandilocuentes, solo palabras sinceras. Siento que puedo sincerarme con todos ellos porque están dispuestos a escuchar”

Tom Gores.

‘Los hombres de Stan’

En última instancia, todos los esfuerzos de las oficinas se traducen en incorporaciones estudiadas al milímetro.Reggie Jackson se convirtió en la primera apuesta fuerte de Van Gundy, convencido de su capacidad de liderar un equipo de Playoff como base titular. Van Gundy se aprovechó del descontento del base y su contrato expiring para echarle el anzuelo. Y lo hizo, además, jugando con los propios intereses de Oklahoma, que buscaban un pívot como el respirar. Encontró a unos Jazz encantados de librarse de otro expiring, Enes Kanter, para dejar paso a la eclosión defensiva de Gobert. Los Pistons fueron los más listos de la clase. Y lo fueron pasando de puntillas.

“Nos gustaba su habilidad, pero aún más, que era un chico que creíamos que no iba a cambiar una vez tuviese el dinero. Es un chico que solo se mueve por llegar a ser tan bueno como pueda. Incluso con lo que vimos al final de la temporada pasada, que fue realmente bueno, pensamos que puede llegar a un nivel superior. Y trabajaremos duro para conseguirlo. Por eso apostamos por él”.

También se aprovechó del intento de liquidación de los Suns en su carrera por Aldridge para conseguir a Marcus Morris, clave en sus sisemas ofensivos. Y de la liquidación de veteranos de Kidd en los Bucks para traer a Ilyasovacomo cuatro abierto. Y eso pese a que Morris y Caldwell-Pope no están especialmente acertados como tiradores aprovechando los espacios: 24% y 27.8% en triples. Ilyasova sí está mostrando su buena mano con un 45.5% de acierto.

Otra de sus apuestas personales fue Stanley Johnson, dejando incluso pasar a Justise Winslow en el Draft. ¿Por qué Johnson? Porque Van Gundy trabajó con Sean Miller, su entrenador en Arizona, en Wisconsin, en los 90. Y Miller le vendió lo que Van Gundy más aprecia: el carácter y la dureza de Johnson, no sus números. Se fio de su viejo amigo con los ojos cerrados. Y parece haber acertado, porque Johnson está moldeado para jugar a sus órdenes.

“Tiene algo. Es un magnífico competidor. Tienes que ser mejor que el resto de jugadores del Draft si quieres tener impacto en la liga. Lo que evaluamos realmente es su ética de trabajo y su compromiso para mejorar”.

Johnson está teniendo un impacto defensivo soberbio en los Pistons. Junto a Caldwell-Pope, forma una dupla de stoppers defensivos. Presionan subiendo líneas, complicando la vida al receptor de balón. Su actividad consiguen restar segundos al ataque rival y que llegue más estancado a las cercanías del aro, donde Drummond, pese a que no acaba de erigirse en líder, se ve beneficiado. El pívot permite un 53% de acierto, una cifra muy por debajo de lo que se espera de él. Gobert, el mejor en esta faceta, permite un 31% y la élite ronda el 40% de acierto rival.

De Drummond se espera el paso definitivo. Es la gran esperanza de Van Gundy. Y para eso se prescindió de Monroe. Y pese a su gran rendimiento, aún presenta demasiadas carencias. Hay una excesiva dependendia de Drummond en el rebote. Es el jugador que más porcentaje de rebotes captura (37%). También ofensivos (17%). Drummond rebotea mucho pero, a la vez, le impide evolucionar cerca del aro por un exceso de confianza. No está desarrollado. Debe mejorar su colocación en defensa y sus movimientos al poste, ya que el 30% de su producción ofensiva son palmeos. Su influencia es más superficial que palpable.

Pero, en conclusión, todos los movimientos de los Pistons han tenido un orden y un razonamiento lógico. Las decisiones se toman verticalmente, pero con una retroalimentación diaria de una organización que no deja de crecer y mejorar. ¿Quiere decir que con esta nueva dinámica busquen un anillo? Ni por asomo es el objetivo. Un mercado pequeño como Detroit ha de mejorar el rendimiento de sus despachos si quiere pescar jugadores atractivos.

Como ha hecho San Antonio durante todos estos años bajo el gancho de Duncan y Pops. Los Pistons catalogan a los jugadores por su rendimiento con notas. Como si fuese un examen. Y, cuando llegan nombres a los despachos de Bower, no hay más que abrir el archivo y hacer el análisis del seguimiento que le han dedicado. El objetivo es anticiparse para tratar de reclutar a un jugador con visos de explotar antes que cualquier otro equipo.

En una ciudad con casi 20.000 millones de deuda, con un índice de asesinatos del 0,46% por cada 1.000 habitantes, cuando la media de Estados Unidos es del 0,04% y habiendo perdido más del 60% de población desde su época de esplendor en los años 50, los Pistons son el único pilar en pie al que agarrarse entre los escombros. Gores y Van Gundy han traído algo más importante que victorias y jugadores. Han despertado esperanza donde solo había pesadumbre.

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