La mujer conquista la NBA (I)

*Nota: Este artículo fue originalmente publicado por Álvaro Carretero en NBA Sunday.

Puedes leer la Segunda Parte de este artículo pinchando en este enlace.

Si asociamos los términos “mujer” y “NBA”, ¿qué es lo primero que nos viene a la cabeza? Tomémonos un segundo para reflexionarlo antes de seguir leyendo. Probablemente, la WNBA. O un montón de nombres de jugadoras históricas, hitos… Pero eso no es NBA. Hagamos el esfuerzo una segunda vez. Becky Hammon, ¿verdad? Aunque solo sea por mera actualidad veraniega.

O tal vez, algún ávido lector haya pensado en animadoras. Hasta hace unos años, la única relación que, tristemente, había tenido la mujer con la NBA. Expuestas como objetos sexualizados, la mujer solo tenía cabida en la liga si exhibía su cuerpo en atuendos sugerentes para deleite del público. Masculino, evidentemente. Porque el deporte, en última instancia, no es sino otra creación más del elitismo patriarcal que ha gobernado la historia, relegando al género femenino a una labor testimonial. En el mejor de los casos, complementaria a ellos.

Afortunadamente, hemos evolucionado. En el siglo XX las mujeres lucharon por ocupar el espacio de igualdad que legítimamente les correspondía en el mundo. También en el deporte. Concretamente, en la NBA, para el caso que nos atañe. Pero volvemos al ejercicio inicial. De no ser por Becky Hammon… ¿quién habría sido el valiente capaz de asociar los términos mujer y NBA con el de entrenadora?

Y no somos capaces de realizar tal asociación por los marcos mentales en los que siempre nos hemos movido. Tan absurdos como asentados socialmente. Siempre hemos distinguido entre deporte masculino y femenino. La irónica diferencia es que, mientras que los deportes femeninos incorporan entrenadores, directivos y todo tipo de personal del género opuesto, los deportes masculinos siempre parecen haber estado reservados a sus congéneres. El deporte femenino ha integrado siempre a los hombres con total naturalidad. Pero nunca ha sucedido igual a la inversa. Se ha negado deliberadamente el acceso a la mujer a las competiciones de varones.

Las mujeres comenzaron a incorporarse en la NBA a los puestos de administración dentro de las franquicias. Más aún con las grandes ampliaciones de staff que hemos vivido – y aún vivimos – en las últimas décadas. La apertura a campos como la economía, el marketing, la nutrición y un largo etcétera abrió las puertas a las mujeres. Pero el gran salto diferencial se produjo cuando se les permitió entrar a los vestuarios. Por ejemplo, como fisioterapeutas. Se rompía así el último tabú. Un paso crucial a la hora de integrarlas dentro de la propia estructura interna del equipo, no la órbita periférica que representan las oficinas. El tópico de la animadora, las únicas mujeres que podían andar cerca de los jugadores en la pista, se desmontó cuando la sociedad se atrevió a avanzar.

Y, por fin, en 2015, la NBA va un paso más allá y comienza a entender a las mujeres como entrenadoras.

Un reconocimiento que va más allá de lo simbólico. Se reconoce, al fin, la valía de la mujer en un mundo de hombres. Sus méritos y capacidad, si demuestra merecer el puesto. Que la mujer acceda a ser entrenadora en la NBA es el último logro, la última frontera que queda por superar. Porque el entrenador, en la NBA, es el jefe del equipo. Darle el cargo a una mujer es conferirle plenos poderes sobre una plantilla. Reconocer su valía dándole el puesto de máxima responsabilidad.

PARTE I: JUGADORAS NBA

A lo largo de la historia, los nombres de mujeres asociados a la NBA siempre han destacado mediáticamente ligados a la vida en activo como jugadoras. Entre finales de los años 60 y finales de los 70, llegaron casos con más luces y florituras que realidad. Intentos de fichar una jugadora en una franquicia que no eran sino mercadotecnia barata en una etapa en la que la NBA atravesaba una de las peores crisis económicas y de identidad que ha conocido.

Y, pese al enorme revuelo mediático que despertaron en su día, la realidad siempre se topó con la misma barrera infranqueable que, pese a ser puesta a prueba de tanto en tanto con casos excepcionales, nunca fue rebasada. A sabiendas de los audaces y ambiciosos propietarios, que no tuvieron reparo en utilizarlas para su propio beneficio.

Penny Ann Early

El primer intento de fichar una mujer para un equipo profesional masculino sucedió en 1968. Y no en la NBA, sino en la entonces pintoresca ABA. Penny Ann Early ni siquiera era una jugadora de baloncesto. Por saber, ni siquiera sabría botar una pelota andando. Y no por ineptitud, sino por la pura inercia de un deporte no entrenado. La misma que sufriría cualquier persona en su situación, completamente fuera de lugar.mujer en la aba Penny Ann Early

Porque donde sí destacaba Early era en las carreras de caballos. Una prodigio que logró conseguir la primera licencia de jockey para disputar carreras contra hombres. Para más inri, lograda en la conservadora Louisville. Su salto a los medios de comunicación se disparó en semejante contexto. Vilipendiada y calumniada por prensa y jockeys, tuvo que enfrentarse al boicot que le preparaban en cada carrera que participaba. Early luchó por la igualdad prácticamente en solitario.

Penny Ann Early llegó a la ABA de la mano de los Kentucky Colonels. En medio de un contexto de quiebra general en la ABA, los propietarios buscaban reclamos a la desesperada para llenar el estadio. Cualquier cosa valía. Incluso firmar a una joven de 23 años que apenas sobrepasaba el metro y cuarenta centímetros y los 50 kilos y que no había tenido un balón naranja en sus manos en su vida. Y no solo bastaba tenerla en nómina, sino que obligaron a Gene Rhodes, su entrenador, a darle minutos en pista.

Tan fuera de lugar estaba Early, que cuando debutó contra Los Angeles Stars el 28 de noviembre de 1968, lucía una minifalda y un jersey con su número y las letras de los Colonels. Cuando Rhodes hubo de darle entrada, no sabía exactamente si pedirle perdón a ella, a los aficionados en general o a sus propios jugadores y rivales. La joven, que no sabía exactamente qué tenía que hacer, se limitó a apartarse para no estorbar.

Apenas duró Early en pista. Y el público de Los Angeles, lleno de ternura por ver aquel frágil elemento rodeado de mastodontes, ovacionó a la chica a rabiar. Fue el único partido en la vida de Penny Ann Early. E, irónicamente, el día que estuvo más expuesta al blanco de las críticas, fue el único que se granjeó la simpatía y cariño de aficionados, prensa y compañeros por igual.

Porque la mujer había vuelto al sitio que en aquella mentalidad retrógrada consideraban que estaba: en inferioridad al hombre. Desvalida y fuera de lugar en un mundo que no estaba hecho para ella. Quienes sí se llevaron ríos de tinta ácida fueron los Colonels, acusados de utilizar a Early como reclamo inmoral para obtener beneficio en “una de las campañas de marketing más vergonzosas de la historia del deporte”.

Denise Long

primera mujer drafteada Denise LongDenise Long se convirtió en la primera mujer elegida en el Draft de la NBA. En 1969, los San Francisco Warriors gastaron su pick 174, en la decimotercera ronda, en Long. Franklin Mieuli, propietario de la franquicia no solo hubo de capear críticas de la propia NBA y los medios, sino de los propios colectivos feministas de la ciudad. San Francisco, cuna de la contracultura que revolucionó a la juventud estadounidense en las décadas de los 60 y 70, de la generación beat y los movimientos de libertad y derechos individuales, tomaron a Mieuli como objetivo.

Los diversos movimientos organizados en una ciudad de carácter tan liberal supieron ver el carácter publicitario que conllevaba la elección de Long. También así lo entendió Walter Kennedy, comisionado de la NBA, vetando su elección instantes después de producirse.

Denise Long había sido un prodigio en el instituto en un contexto en el que el baloncesto femenino aún estaba en pañales, luchando por su consolidación y desarrollo como deporte. Nunca jugaría en aquel equipo. Pero sí acabó en San Francisco, donde estudiaría jugando para su universidad. Pero sus valores tradicionales, importados de la Iowa más profunda, chocaron frontalmente con el aperturismo de San Francisco, en pleno apogeo cultural. Long terminaría retirándose sin empezar su carrera como jugadora. Regresó a Iowa, donde encontró la Biblia como único consuelo para un alma perdida.

Luisa Harris

El tercer intento de retomar el debate de género llegó con Luisa Harris, casi diez años después. En 1977, los New Orleans Jazz seleccionaron a Luisa Harris en el puesto 137 de la 17ª ronda. Y, como en los casos anteriores, con idénticos condicionantes.Luisa-HArris

Para 1977, los Jazz de New Orleans estaban asfixiados por las deudas económicas. De hecho, ese mismo año se confirmaría su marcha a Utah, donde aún permanecen, solo tres años después de haber sido admitidos por la NBA en la expansión de 1974. Con la marcha de los Jazz de New Orleans se ponía fin no solo a un equipo NBA, sino a una de las franquicias con mayor bagaje cultural de la historia: New Orleans, cuna del jazz, realizó un guiño a su propia historia de desigualdad racial. Pero eso es otra historia paralela.

Luisa Harris no fue sino otro vil e inmoral intento de mercadotecnia para reflotar los ingresos de una franquicia hundida. Otro intento de convertir a la mujer en objeto. Harris, que ya tenía amplio bagaje profesional representando a su país en el Team USA femenino, apreció el engaño y declinó de forma inmediata jugar con los Jazz.

Harris disputó los primeros Juegos Olímpicos en modalidad de baloncesto femenino, donde se cruzaría con otras dos jugadoras que hicieron historia entre los hombres: Ann Meyers y Nancy Lieberman. En 1998, Harris fue reconocida también con el honor de ser la primera mujer afro-americana en ser incluida en el Women Basketball Hall of Fame, liderando la primera promoción junto a Meyers, Lieberman, Margaret Wade y Pat Head.

Ann Meyers

El caso de Ann Meyers (1.75 metros, 61 kilos) fue el más paradigmático de todos. Al menos sobre el papel. El 5 de septiembre de 1979 los Indiana Pacers anunciaban el fichaje de Ann Meyers. En esta ocasión, su fichaje sí parecía ir en serio. Meyers era la mejor jugadora que hubiera conocido el baloncesto femenino. Y Sam Nassi, el nuevo propietario de la franquicia, habría podido haberle colado su jugada a la prensa de no ser, una vez más, por el “dichoso” contexto económico. Nassi, tras comprar los Pacers, concedió plenos poderes deportivos a su entrenador, Bobby Leonard.

De ahí que, en esa tesitura, el fichaje de Meyers difícilmente pareciese un movimiento requerido y pertrechado por Leonard. Más aún en base a los precedentes de otras mujeres en la NBA y, de nuevo, la reiteración de factores que siempre acompaña a los diferentes casos. Los gloriosos Pacers de la ABA solo vivían en el recuerdo. Su salto a la NBA se produjo en 1976, previo pago de una tasa de entrada de 3.2 millones que arrasó las arcas de la franquicia. Además, los Pacers y las otras tres franquicias que se unieron en la ampliación no verían ingresos por televisión en los primeros cuatro años. Sumado a un estadio desolado, que ocupaba el puesto 18 de 23 en asistencia de público, les empujó al borde de la quiebra.

En julio de 1977 los Pacers se enfrentaban a su desaparición. Y, de no ser por Elmer Snow, jamás hubieran disputado otra campaña en la NBA. Snow, director de la cadena WTTV, que retransmitía los partidos de los Pacers, se ofreció a dirigir un telemaratón para recaudar dinero y salvar la franquicia. Lo logró, aunque las dificultades económicas persistirían con los años. Y en medio de ellas se encontraba Nassi, que trató de dar un nuevo golpe de efecto a su equipo justo en el último año que les quedaba de veto para las ganancias televisivas.

Nassi fichó a Ann Meyers, la mejor jugadora de baloncesto femenino del planeta. Tan cuidadosamente mimó su movimiento maestro, que incluso la propia Meyers sentía como legítima la oportunidad que se le brindaba, y no como otro inútil intento de mercadotecnia carroñera. Para Meyers, su único reto era con la historia. Su propio hermano, también jugador, fue quien le aconsejó abstraerse de los medios de comunicación, que cargaron con munición pesada sus páginas en aquellos días.

Meyers se incorporó al campus de novatos en medio de un revuelo sin precedentes. Incluso la propia NBA se vio obligada a lanzar un comunicado público en el que se desligaba de la decisión de Indiana, previendo posibles críticas de carácter feminista por vetar a una jugadora, como sucediese con Long. Incluso las cámaras de televisión se desplazaron para grabar el entrenamiento de Meyers. Y la realidad impuso su lógica aplastante. Meyers era suficientemente buena jugadora como para competir entre hombres. Tal vez, incluso mejor que muchos de los jugadores de los Pacers. Pero el físico suponía una barrera infranqueable. Sus propios compañeros y entrenadores empezaron a temer que se hiciera daño en alguna acción. Y la propia Meyers, profesional hasta la médula, así lo reconocía a los medios.

“Soy algo más lenta que ellos. Son mucho más poderosos físicamente que todas las jugadoras contra las que me he enfrentado. Y muchas de las cosas que hacía contra ellas no puedo hacerlas ahora. Tal vez no sea lo bastante buena, pero voy a dar lo mejor de mí. Eso sí, va a ser más duro de lo que había previsto”.

A los seis días, los Pacers renunciaban a seguir adelante con su estrafalario proyecto. Meyers, entonces, marchó a la WBL (Women Basketball League), donde firmó con los New Jersey Gems. “Como queriendo anticiparse a la crítica garantizó a Meyers la vigencia del contrato a toda costa. Esto es: si no era elegida para integrar la plantilla sí lo sería para la empresa. Como relaciones públicas o comentarista local se le aseguraba un despacho, un empleo cuya apariencia de limosna Ann Meyers no había reclamado de aquel hombre. Con esa deplorable petulancia del poderoso, Nassi creía poder cumplir su cometido y hacer al mismo tiempo un favor a la chica. Tropezaba así en una flagrante paradoja: premiar a una atleta por su condición de mujer.

“Olvidar que el único objetivo de aquella joven de 24 años era desplegar su profesión plenamente y no acogerse a una protección que en ningún caso había solicitado”, en Gonzalo Vázquez, 101 Historias NBA. 

Brittney Griner

En marzo de 2013 se produjo el último intento de reavivar un debate que parecía sepultado definitivamente. Mark Cuban, en una de sus habituales excentricidades, se atrevió a manifestar la posibilidad de draftear a Brittney Griner.

“He pensado sobre ello. Aún pienso sobre ello. ¿Lo haría? Ahora mismo, me inclino a decir que sí, solo para ver si ella es capaz de hacerlo. Nunca lo sabrás hasta que le hayas dado la oportunidad a alguien”. Mark Cuban.

Como era de esperar, el aluvión de críticas, previendo que no fuera más que otro giro mediático de un propietario quehabía desmantelado su equipo campeón de 2011, en un burdo intento de firmar estrellas, llegó de forma inminente. Pero las críticas públicas no hacen sino alimentar el ego de Cuban. “Si es el mejor jugador disponible, la escogeré a ella”, declaraba con toda la intención. De hecho, Cuban llegó a trasladar una propuesta invitándola al campus de entrenamiento de los Mavericks en verano. Como si tuviese que demostrar que la cosa iba en serio.

Más adelante, poniendo cordura al tema, Cuban matizó sus palabras declarando que aún tenía que “ganarse el puesto”. “No voy a elegirla porque sí. Pero, realmente, no estoy en contra de darle la oportunidad”. Griner nunca llegó a entrenar con los Mavs ni fue jamás drafteada. El globo sonda pasó como pasa el tiempo. Barriendo a su paso el rastro de la actualidad hasta relegarlo a un pequeño rincón de la memoria. A una grieta de la historia. A día de hoy, solo dos años más tarde, la historia de Cuban con Griner no pasa de charla entre cervezas. Una anécdota aniquilada por el peso de la imparable rueda de actualidad, que aplasta todo pasado con su ritmo frenético.

Brittney-Griner

El debate que nunca existió

Que la mujer no alcance el nivel físico del baloncesto masculino no quiere decir, ni mucho menos, que no puedan competir en talento. Pero la realidad biológica es incuestionable. No hablamos de ser mejor o peor, sino de imposición física.

La propia Anna Cruz lo contaba durante su etapa en New York Liberty. Bill Laimbeer – ahí tenemos un magnífico ejemplo contrario: entrenador masculino en deporte femenino. Dos anillos NBA, pero sin experiencia alguna en WNBA. Y llevando a las Liberty a las Finales este año 14/15 – hacía entrenar a sus chicas contra un equipo de jugadores masculinos amateur. Bien sabía Laimbeer que solo por físico conseguían imponerse con facilidad a uno de los mejores equipos de la WNBA. Cruz relató durante toda la temporada lo frustrante que era para ellas enfrentarse a ellos, pero lo eficaz que les resultaban esos entrenamientos para mejorar e imponer lo aprendido en los entrenos contra otros equipos WNBA.

Dejando a un lado el debate del talento, también cabe abrir la absurda imposición arrastrada a lo largo de la historia no solo del deporte, sino de la sociedad en general. Que la mujer no alcance la imposición física de la NBA, no las incapacita para entrar en otros puestos. Y la excusa de no tener experiencia o desconocer la liga, no ha sido sino una falacia prolongada. Un mito derribado a medida que las mujeres iban copando distintos puestos dentro de las franquicias.

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