La historia negra de Oklahoma City

*Nota: Este artículo fue originalmente publicado por Álvaro Carretero en NBA Sunday

Entre escombros y desesperación. Entre el sentido lamento y el silencioso llanto de una comunidad unida por la desgracia. Para que una ciudad recuperara la sonrisa, hubo de arrebatársela a otra. Aunque los pobres ciudadanos nada tuvieran que ver en la infausta treta que se llevaría a los Sonics de Seattle.

Y es que hubo un tiempo en el que el nombre de la ciudad de Oklahoma City se asociaba únicamente a la desgracia. Un tiempo no tan lejano, para ser exactos. Tras unos años realmente duros para la comunidad de la ciudad, llegó un rugido de esperanza. El trueno que cambiaría su historia en adelante.

Oklahoma, todos a una

El miércoles 19 de abril de 1995 se produjo en Oklahoma City el mayor atentado en suelo estadounidense hasta el 11-S. A las 9:02 de la mañana, una bomba detonó en el edificio Alfred P. Murrah, que alberga 16 agencias federales y más de 300 trabajadores diarios. El atentado dejó 168 muertos y 680 heridos. Entre los fallecidos, 19 niños que se encontraban en la guardería del primer piso.

El temblor de la detonación se sintió a más de quince manzanas y la deflagración provocó un cráter de nueve metros de profundidad y cinco de diámetro. Se desconocía cuántas personas habían quedado sepultadas bajo los escombros. En menos de una hora, más de 100 personas habían sido trasladadas a los hospitales de la zona. Más de un tercio en estado crítico. Y seguirían llegando sin cesar.

Oklahoma City nunca llegó a superar aquel aciago día. La ciudad estaba desolada. Nadie sabía exactamente cómo reconstruir aquellos pedazos rotos para siempre y recuperar una normalidad que quedaba tan lejana. Como de otra época. Pero si algo caracteriza a la localidad que nos ocupa son sus valores como comunidad. Estado y ciudad tienen un espíritu de perseverancia que se remonta a la llegada de las cinco tribus civilizadas al este de Oklahoma. En el ADN de la ciudad está el sacrificio, la reconstrucción y la unión.

Tras el duro proceso de aceptación de la tragedia y recuperación moral, comenzó el de motivación para reconstruir la ciudad. Para ellos, la llegada de los Thunder en 2008 fue la culminación de una meta vital. La medalla a su esfuerzo en la maratón.

Las desgracias, desafortunadamente, no han dejado de asolar Oklahoma. Ocho años después, con el atentado siempre en el recuerdo, fueron los fenómenos meteorológicos los que arrasaron el Estado. Oklahoma se emplaza en la zona centro-sur de Estados Unidos, entre las Grandes Llanuras y las Tierras Altas. O, en otras palabras, en una región especialmente proclive a condiciones meteorológicas adversas e impredecibles.

Varios tornados devastaron diversas ciudades por todo el Estado en una semana en mayo de 2013. Los tornados, calificados con categoría EF5, la más alta en la escala Fujita, dejaron un total de 42 fallecidos, 10 de ellos niños, y centenares de heridos. El segundo de ellos fue el más ancho registrado en la historia de Estados Unidos. Los tornados arrasaron ciudades completas, destrozando viviendas, carreteras, abastecimientos y suministro eléctrico… Todo ello en medio del duelo y de funerales solapados por las víctimas que no dejaban de sucederse. Una vez más, Oklahoma hubo de remar apelando al espíritu común. Una vez más, tocó reconstruir en silencio.

Oklahoma

Fidelidad inquebrantable

Acoger a los Thunder, para los habitantes de Oklahoma, fue un acto cargado de simbolismo. En primer lugar, porque es su único equipo en el deporte profesional americano y solo un periódico cuenta su actualidad (The Oklahoman). En segundo lugar, por su propio contexto dramático como ciudad. Y, finalmente, por considerarse un sueño imposible. Una utopía que jamás pensaron ver. El impulso necesario para no aletargarse tras la dura reconstrucción de la ciudad, sino continuar el progreso y no estancarse.

En semejante contexto, Sam Presti, junto con los propietarios de la franquicia, siempre tuvo claro su posicionamiento y enfoque como cultura de equipo. Debían convertirse en un puente con la ciudad. La unidad debía ir más allá de la cancha de baloncesto. Sobre todo porque en un mercado tan pequeño, una franquicia NBA puede ser muy volátil. Pero fidelizando a la comunidad de la ciudad, creando un nexo férreo, sacar a los Thunder de Oklahoma se convertiría en una ardua tarea. Había que cargar al equipo de sentimentalismo patriótico (o localista). Echar raíces sólidas.

Su influencia en la ciudad no tiene parangón. Los aficionados votaron hasta en tres ocasiones a favor de un sistema de impuestos adicionales que sirvieron para construir el centro de entrenamiento de los Thunder, uno de los más completos de la NBA. Un complejo de 5.000 m² con todo tipo de facilidades imaginables para los deportistas y acceso 24 horas. Como respuesta a su generosidad, los Thunder son el equipo que más actos sociales realiza cada año de la NBA.

Desde la primera temporada, colgaron cada noche el cartel de sold out, cuando aún eran un equipo del pozo de la NBA. No tienen aficionados que se subieran al carro. Siempre estuvieron ahí. Empujando juntos. Los aficionados no se sientan hasta que no se anota la primera canasta, algo típicamente universitario.

Y la propia franquicia se encarga de potenciar la experiencia del aficionado para disfrutar al máximo del partido. Incluso, en un alarde de igualdad, instauraron un sistema de promoción de asientos para que los abonados más antiguos consigan promocionar su sitio cuando queda vacante uno mejor. Los nuevos abonados empiezan en los últimos.

Los Thunder, además, lograron un hito impensable. Unieron a dos bandos de apariencia irreconciliables: las universidades de Oklahoma y Oklahoma State. Y, gracias a ellos, la ciudad aún tiene un crecimiento económico superior al de la media estadounidense.

Ladrón de guante blanco

Pero para que la historia de los Thunder comenzase, otra tuvo que acabar. El infame robo que Clay Bennett, con el beneplácito – e incluso colaboración – de David Stern, pertrechó a los Sonics de Seattle se encuentra ya en los libros de historia. Bennett se hizo con la franquicia en un complot digno de película.

Seattle-Supersonics

En julio de 2006, Bennett, nativo de Oklahoma, se alió con su amigo Aubrey McClendon y su socio Tom Ward, ambos co-fundadores de Chesapeake Energy, la empresa que da nombre al estadio de los Thunder, para comprar los Sonics a Howard Schultz por 350 millones de dólares.

“Nuestro deseo es que los Sonics y los Storm (WNBA) continúen existiendo en Seattle. No es nuestra intención trasladar los equipos a otro sitio, pero sí nos vemos capaces de negociar un nuevo lugar más atractivo para el arrendamiento del campo”. Carta de Bennett a Schultz.

El grupo, en aquel momento, parecía honesto. Negociaron la construcción de un nuevo estadio en la cercana localidad de Renton (Washington), por 500 millones, pero el gobierno de Washington rechazó cargar el coste a los impuestos ciudadanos y el proyecto se vino abajo. Pero, cabe recalcar, la honestidad era aparente. Porque McClendon esbozó una sonrisa de oreja a oreja cuando les rechazaron, como demuestran los email enviados entre los tres compradores inmediatamente después de la decisión de no construir el estadio. Documentos que acabaron en manos de los abogados de Seattle.

Ward: ¿Hay alguna forma de trasladar el equipo aquí la próxima temporada o estamos condenados a tener otra mierda de temporada en Seattle?

Bennett: ¡Estoy obsesionado! Haré todo lo que pueda. Gracias por confiar en mí, amigos. El partido solo acaba de empezar.

Ward: ¡Ese es el espíritu! Estoy dispuesto a ayudarte en todo lo que pueda para ver baloncesto aquí el próximo año.

McClendon: Yo también. ¡Gracias, Clay!

Mientras los ricachones se partían de risa haciendo negocio, los fans de los Sonics se echaban a las calles con pancartas a grito de “Save our Sonics!”. El drama se palpaba en el ambiente. Más aún cuando McClendon, en un alarde de petulancia, no tuvo mejor idea que reconocer al Oklahoma Journal-Record que su verdadera intención siempre fue traer el equipo a Oklahoma. David Stern actuó entonces multándole y advirtiendo al propietario de Chesapeake Energy; pero Bennett, hombre de mayores miras, se apresuró a besar los anillos al comisionado y advertir a su compañero acerca de mesurar sus declaraciones públicas. Más que por la mala imagen, argumentaba, por enfrentarse a una demanda y un juicio por prácticas desleales y ominosas.

Stern quiso caer en la trampa. O, en otras palabras, confió en Bennett a propósito pese aClay-Bennett-y-David-Stern conocer de sobra sus verdaderas intenciones. Actuó en connivencia permitiéndoles hacer a su antojo mientras no hubiera declaraciones públicas altisonantes como las de McClendon. Pese a que Seattle es un mercado Top-10 en Estados Unidos, la ciudad más dinámica del Noroeste del Pacífico y que registró índices de audiencia muy por encima a los de cualquier otra ciudad que no fuera Oklahoma cuando llegaron a las Finales. Pero acabó harto de que los políticos de Seattle y el Estado de Washington no legislaran en favor de su equipo NBA. Y para un hombre de negocios como él, es un pecado inadmisible. No hubo perdón ni contemplaciones para ajusticiarles.

Cuando Schultz se percató de las verdaderas intenciones de los compradores, inició una batalla legal para mantener al equipo en Seattle en 2008. Se disculpó ante los fans por su error y prometió luchar por ellos. Para ello contó con la inestimable ayuda de Steve Ballmer – hoy propietario de los Clippers y que en 2013 intentó comprar los Kings para llevarlos a Seattle –, pero tuvieron que retirar su demanda en agosto de 2008, ante la imposibilidad de derrotar al grupo de Bennett. Era el adiós a la última esperanza de la Ciudad Esmeralda. Fuentes cercanas a Schultz comentaron en reiteradas ocasiones que nunca superó el engaño. Ni siquiera él mismo ha querido pronunciarse nunca al respecto.

Sin entrar a cuestionar si el fin justifica los medios, lo que es innegociable es el inmenso trabajo que Bennett, McClendon y Ward han realizado con los Thunder. En 2007, los Sonics estaban valorados en 268 millones de dólares, según Forbes. En 2008, ya como Thunder, su valor ascendió a los 300 millones. En 2012, su valor se estimaba ya en 350 millones. Actualmente, como todas las franquicias NBA, su valor de mercado se ha disparado de forma desmedida y se encuentra en 930 millones, según Forbes. Es la 13ª franquicia mejor valorada de la NBA y genera unos ingresos de 152 millones. Todo ello logrado siendo el cuadragésimo mercado de EEUU. Los Sonics de 2007 eran la 28ª franquicia, generando 81 millones de ingresos, la que menos entonces en la NBA.

El plan de Presti

Sam Presti es un tipo brillante. Uno de esos ‘sabelotodo’ conscientes de su capacidad. El superdotado de la clase. El hombre hecho a sí mismo. Apeló sin descanso al puesto de becario en los Spurs, siendo rechazado reiteradas veces. Inició su particular cruzada para ser enviado a Europa a ojear a un tal Tony Parker casi sin presupuesto – o eso cuenta la historia, siempre tendente a la mitificación cuando resulta victoriosa – porque él estaba seguro de que sería estrella.

Siete años más tarde, ya como mano derecha de R.C. Buford, se convertiría en el GM más joven de la NBA (30 años) tras aceptar la oferta de los Sonics, ya con Clay Bennett como nuevo propietario. Presti puso en marcha un tanking agresivo, siguiendo la estrategia de los dueños para llevarse el equipo a Oklahoma City, y en sus primeros movimientos traspasó a los All-Star Ray Allen y Rashard Lewis. Pero con la mudanza, pudo poner en marcha su plan maestro.

En solo cinco años (2008 a 2013), hizo de uno de los peores equipos uno aspirante al anillo. Es el artífice intelectual de los Thunder. Impuso en la franquicia el credo y la cultura de los Spurs y se dedicó a escoger un perfil muy determinado de jugadores: con buena imagen, compañerismo, trabajadores, implicados en la comunidad, humildes y respetuosos. Aplicó los conocimientos de la franquicia texana realizando reuniones periódicas con todo su staff, desde médicos, entrenadores… Hasta delegados o personal de oficina. Todo con el objetivo de reforzar la unión y trabajar aún más estrechamente, creando relaciones transversales entre departamentos. Y, como en San Antonio, también crecen bajo su ala jóvenes talentos como Rob Hennigan que, como Presti, se convirtió en GM de los Magic a los 30 años. Él, como no, también comenzó en la Silicon Valley de la NBA: San Antonio.

Presti había creado una hoja de ruta para los Thunder digna de enmarcar en un manual de General Manager. Alcanzó la perfección. Hasta que las imposiciones salariales y la presión de su propietario le obligaron a traspasar a James Harden en 2012, apostando en su lugar por Serge Ibaka. El admirable sistema de Presti, basado en el principio de sostenibilidad, se vino abajo. Las grietas comenzaban a perforar su faraónica obra.

Sam-Presti-2

El traspaso de Harden, de por sí impopular, no fue sino el comienzo del fin. Pese a que viniera motivado por las presiones de Bennett y las imposiciones económicas. Las lesiones recurrentes de Durant y Westbrook las dos últimas temporadas erosionaron aún más un proyecto llamado a ser campeón en su plan a cuatro años marcado desde 2012. Estamos en el último de ellos y los Thunder apenas entran en las quinielas.

Mantener el lucrativo contrato de Kendrick Perkins fue incluso más impopular que mover a Harden. Y dejar marchar a grandes proyectos de la franquicia como Reggie Jackson, Jeremy Lamb, Perry Jones III o Ish Smith por la nulidad de oportunidades no arregló su imagen.

En determinado momento, su brillante plan se fracturó y, pese a seguir afirmando que estaba todo controlado, tendió a la improvisación. A Presti no le quedó sino emprender una huida hacia delante. Las incertidumbres sobre las renovaciones de Durant – agente libre en 2016 – y Westbrook – en 2017 – le han obligado a realizar movimientos casi a la desesperada. Como el traspaso de Enes Kanter y su posterior extensión de contrato por 70 millones en 4 años, igualando la oferta de los Blazers.

O el anterior fichaje de Dion Waiters. Ambos rompen radicalmente el paradigma de jugador que los Thunder habían buscado hasta entonces. Ninguno de ellos se caracteriza por tener los valores deseados. Incluso, ambos terminaron marchándose de sus anteriores equipos con un lazo y un cartel de “Sin retorno”.

A día de hoy, Presti y los Thunder sobreviven no por sus últimas decisiones, sino del rédito de los primeros años. Al menos, cambiar a Scott Brooks por Billy Donovan le permite ganar aire para ampararse en el paraguas del necesario tiempo de aclimatación con un nuevo técnico. Ha perdido muchas oportunidades y su plan se ha torcido, trazando una curva descendente en su inmaculado currículum.

Presti se traicionó a sí mismo y su hoja de ruta y posterior plan empezaron a trazar líneas derivadas sin control. Y todo porque en el plan de Presti no se incluyó la parte esencial: no contar con los planes de sus empleados. Que también son personas. Con aspiraciones, sentimientos cambiantes e impredecibles. Presti no contó con que Durant pudiese elegir irse algún día. O Westbrook. Porque es imposible predecir el terreno de las emociones.

Pero, al menos, si vienen nuevos tiempos de barroquismo, siempre podrán contar con el incondicional apoyo de una comunidad dedicada a su equipo. Que no pide rendir cuentas. Porque lo verdaderamente importante para ellos es invisible a los ojos del resto.

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