Kobe Bryant, el rey del All-Star

*Nota: Artículo originalmente publicado por Álvaro Carretero en Planeta Deporte

No quiero ser el próximo Michael Jordan. Solo quiero ser Kobe Bryant”. Kobe, 1997.

“Kobe ha sido el Michael Jordan de nuestra generación”. Dirk Nowitzki, 2016.

Si por algo se caracteriza el All Star es por sus connotaciones – cada vez más acentuadas – como concurso de popularidad. Con la espectacularización inherente que le acompaña. Las votaciones populares sustituyen al baile de graduación de los institutos tan manido de las americanadas hollywoodienses. Ahora que las votaciones se han abierto a las redes sociales, ser la reina y/o rey del baile cotiza al alza.

No es momento de hablar de los riesgos que implica – y que Adam Silver y su equipo ya han comprobado – abrir sin límites las votaciones. Primero, por la facilidad para los grandes grupos de representación de crear campañas a favor de una serie de jugadores usando el apoyo vía redes sociales de otros de sus representados, sean actores, cantantes, otros deportistas, estrellas televisivas… Todo vale con tal de ganar la batalla por la popularidad. Segundo, porque las redes sociales son aún un espectro demasiado complejo a la hora de realizar mediciones de semejante calibre.

El rey del baile

Crítica (superficial) aparte, este año el rey del baile no ha tenido discusión. Kobe Bryant, en su vigésima temporada en la NBA, jugará su 18º All Star Game. Es la cuarta vez que es elegido como el más votado (2003, 2011, 2013 y 2016), igualando a Vince Carter y Julius Erving. Solo Michael Jordan (9) le supera como el más votado en diferentes años. Ni siquiera LeBron James (3) alcanza semejante honor.

Cuatro veces ha sido MVP en el partido de las estrellas – 2002, 2007, 2009 y 2011 – igualando la marca de Bob Pettit. 17 veces elegido titular. Incluso estando lesionado, como sucedió en los años 2014 y 2015. La fidelidad a Kobe Bryant supera cualquier límite abarcable. Y no hemos de caer en el error de pensar que se vota estrellas lesionadas tan fácilmente. Kevin Durant cayó el año pasado. Como Paul George. O Kyrie Irving este año. Y son algunas de las estrellas con más renombre de la liga hoy día. Pero la figura de Kobe es un mito, un santo grial movilizador de masas y recursos.

La popularidad de Kobe Bryant no tiene parangón. Ningún otro mortal que juegue a este deporte puede equipararse hoy día. El All Star es un evento idílico para él. Una historia de reconocimientos sin fin. Ni una sola vez ha faltado a la cita mediante votación popular. Solo las lesiones en 2010, 2014 y 2015 le impidieron jugar.

Pero si algo caracteriza la unión de Bryant y el All Star es el simbolismo mutuo. Kobe, por juego, personalidad y lo que su propia figura representa si hablamos de conceptos abstractos, es un animal predestinado a liderar esta clase de eventos multitudinarios dedicados al espectáculo. Y, desde sus primeros años, fue consciente del trampolín que suponía visibilizarse mediáticamente en eventos de semejante calibre.

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Un niño profesional

Cuando hablamos de Kobe Bryant en la actualidad, su propio nombre ya lleva intrínseco una serie de connotaciones y significantes que aluden a la figura y valores que él mismo se ha forjado. Pero no siempre fue Kobe el jugador unánimemente reconocido que es hoy.

Llegó a la NBA sin pasar por la universidad. Hecho que ya de por sí le generaría una buena dosis de críticas de conservadores escandalizados cuando no se siguen los patrones habituales. LeBron James también sabe qué es eso. En 1996, Kobe había hecho pruebas con la mayoría de equipos de la NBA. Jerry West, General Manager de los Lakers, quedó fascinado con el chico. Pero fue con los Sixers, un año antes, el equipo de los amores de su padre, de su Philadelphia natal, con quienes más brilló. Kobe, entonces con 16 años, humilló, literalmente, a Jerry Stackhouse, el número 3 del Draft de aquel año. Pero los Sixers, entonces, no pensaban en otra cosa que no fuese draftear a Allen Iverson en el puesto número 1 de 1997.

Para cuando Kobe anunció que se saltaría la universidad para ir directamente a la NBA, el aluvión de críticas no se hizo esperar. Que si no era Michael Jordan… Que si no habría otro Kevin Garnett… No está preparado… Mejor que se quede en la escuela… Pero el deseo, esa mirada fija, sin parpadear, de asesino fijando el blanco que se le pone cada vez que anota una canasta ganadora, estaba en sus ojos aquel día. Si algo identifica a Kobe Bryant, desde niño, ha sido la tenacidad. Ver vídeos de Michael Jordan en Italia e imitarlos en la canasta del garaje hasta clavarlos. Tener sueños, metas imposibles en el imaginario de cualquier otro adolescente, y no parar hasta cumplirlas todas. Jugar en la NBA en esas circunstancias era una más.

Para entonces Jerry West ya estaba orquestando su plan maestro. Juntar a Shaq y Kobe. Pero las imposiciones financieras le llevaban a un laberinto sin fin. Atado de pies y manos en contratos, hubo de hacer malabares y encontrar en unos necesitados Hornets a su aliado para obtener a Kobe. Se desprendió de Vlade Divac, en un traspaso tan criticado como sorprendente. Todo por apostar por un chaval – entonces el jugador más joven de la historia hasta la llegada de Andrew Bynum – cuya única experiencia probada era en un instituto mediocre, sin pasar por la universidad, criado en Italia y con fama de solitario.

Tras cientos de horas al teléfono, una tensión insufrible para West, siempre escéptico sobre si Charlotte rompería su acuerdo, Kobe sería elegido en el puesto número 13 del Draft de 1997 por los Hornets, que inmediatamente le traspasaron a los Lakers.

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El camino a la cumbre

En medio de semejante contexto, a lo que se une la llegada de Shaq y jugar en un mercado de la magnitud de Los Ángeles, comenzó Kobe su andadura en la NBA. Y lo hizo sin apenas minutos durante su primera temporada, luchando por rascar cada oportunidad. Pero su frescura en la pista, su juego espectacular capaz de captar la admiración del aficionado, le llevaría a disputar el All Star de rookies, donde anotaría 31 puntos, rivalizando con el tirano Allen Iverson, quien se llevaría el MVP. Pero su gran momento llegaría conquistando el Concurso de Mates. Kobe se había consagrado en sociedad. Su popularidad no había hecho más que despegar.

Para entonces Kobe, sin ser aún ni un atisbo de estrella, había aprovechado el trampolín del All Star Weekend para auparse como uno de los grandes jugadores a seguir. Se hizo con el rol de Sexto Hombre en los Lakers y los focos comenzaron a mirarle directamente, incluso con Shaq presente. En tres años, se había ganado el rol de segunda referencia ofensiva junto al pívot. Al siguiente, se convirtió en el eje del triángulo de Phil Jackson e igualó en estrellato a O’Neal.

Pese a su popularidad desmedida, siempre existió la impresión de que Kobe no podía ganar sin Shaq. Y nada ofendía más a un jugador de su personalidad que le considerasen un perdedor. En la temporada 2005/2006, con la vuelta del maestro Zen, Kobe desplegaría el mayor potencial jamás visto en él. En 2008 y 2009, junto a Pau Gasolganaría sus dos últimos anillos. Y Bryant lograría ese halo de leyenda que ya no le abandonaría jamás. Esa vitola de ganador que dejó su impronta en la historia que distingue a los grandes jugadores de las leyendas. De los que trascienden generaciones a los que se quedan en meros nombres que recordar con cariño en unas décadas.

Esta temporada despedimos a uno de los jugadores que han marcado una era dentro del baloncesto. La que sucedió a Michael Jordan, sin erigirse en sucesor. Porque Kobe siempre quiso ser Kobe. Y su legado es único e irrepetible. El legado de Kobe Bryant. El All Star ha servido para demostrar que su adoración por parte de los aficionados es tan profunda como inagotable. Que si algún día fue enemigo, nunca traspasó lo deportivo.

El reconocimiento acual a La Mamba Negra no es más que el que una estrella con su capacidad mediática genera. Ni Duncan, ni Nowitzki, ni Garnett… Ningún jugador de su generación ha logrado semejante movilización pública. Sea mediante votos, mediante estadios rendidos coreando su nombre en New York, Boston, Philadelphia, Indiana, Sacramento, San Antonio… La fiesta de su despedida solo podía entenderse con el último baño de masas. Porque el gran favor que Kobe hizo al baloncesto fue enganchar a otra generación de niños que perpetuarán su legado.

Dear Kobe,

Love you always.

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