Divisiones NBA: Obsolescencia programada

*Nota: Artículo originalmente publicado por Álvaro Carretero en NBA Sunday.

Las divisiones NBA, tal como las conocemos hoy día, caminan hacia su inminente extinción. En su momento histórico, surgieron como un necesario recurso para abaratar los gastos de unas franquicias entonces asfixiadas económicamente. Sirvieron para reestructurar el calendario en función a la proximidad geográfica. En la actualidad, no son sino un reducto anacrónico que, cada año, se difuminan más en medio de los avances tecnológicos y comodidades de una economía boyante.

Nacimiento de las divisiones

1971. La NBA atraviesa una de las peores crisis de su historia. Crisis que no dejará de acentuarse con el paso de los años. Un barroquismo que precedería a la gloriosa década de los 80. Al Renacimiento que pintaron un Larry Bird y un Magic Johnson por siempre considerados salvadores de la liga. Su historia se convirtió en leyenda. La leyenda, en mito.

Pero para que los renacentistas floreciesen – dentro de la pista con su juego alegre y fuera gracias a su legendaria rivalidad – había que dejar atrás una de las épocas más oscuras de la NBA. La violencia se convirtió en la reina de la pista, llegando a calificar a la NBA como la ‘National Boxing Association’. Su tratamiento en los medios de comunicación era tan deplorable como merecido. La liga aparecía más en los medios por sus constantes peleas que por el propio contenido de sus partidos y campeonatos. La situación alcanzó su punto crítico cuando Kermit Washington casi acaba con la vida de Rudy Tomjanovic de un puñetazo en 1978 y cuando Kareem Abdul Jabbar, con su privilegiada inteligencia, se pronunció públicamente sobre la raíz del problema respecto a la violencia desmedida. De 1978 a 1980, el comisionado Larry O’Brien acertó con sus medidas para atajar el problema, logrando no solo penalizarlo eficazmente, sino que la violencia fuera señalada con desprecio por la opinión pública.

Extradeportivamente, las deudas asfixiaban a las franquicias. La mayoría de ellas rayaba la quiebra y se encomendaba a soluciones tan desesperadas como estrambóticas. La crisis afectaba especialmente a las que se incorporaban de la defenestrada ABA, que debían pagar una tasa de entrada de 3.2 millones que arrasaba sus arcas por completo. Era el precio de la supervivencia. Indiana Pacers hubiera desaparecido de no ser por Elmer Snow, comentarista de sus partidos, que logró una recaudación de fondos in extremis para salvarles. Los Jazz de New Orleans tuvieron que mudarse a Utah solo tres años después de ser admitidos en la NBA, incapaces de soportar más deudas. Y así se ahogaban unos tras otros en el oasis que vieron aparecerse en medio de la desértica ABA. ABA que, para colmo, fue absorbida por completo por la NBA en 1976.

Precisamente ese contexto de crisis económica generalizada es la clave para entender por qué y cómo surgieron las divisiones en la NBA. En 1971, tras la expansión que incluyó a Cavaliers, Blazers y Braves, surgen las cuatro primeras divisiones de la NBA: Atlantic y Central en la Conferencia Este; Midwest y Pacific en el Oeste. Ese inicio de la década de los 70 fue determinante a la hora de buscar soluciones. Si bien poco efectivas para paliar la dura crisis, lo suficientemente fuertes como para sentar los cimientos que se levantarían en la década siguiente y en adelante. Pensemos en la propia logística que envolvía a las franquicias de entonces. Sin vuelos privados. Sin la tecnología actual. Sin el prestigio que hoy tiene la NBA y sus facilidades. Sin esos millones de dólares para derrochar a diestro y siniestro.

Dividir la liga en zonas geográficas respondía, como la mayoría de soluciones y grandes cambios, a una simple cuestión económica. Se reajustó el calendario para no realizar desplazamientos tan costosos, forzando más enfrentamientos entre equipos próximos entre sí. Había que reducir como fuera las millas que los equipos debían recorrer en temporada regular. El desembolso se redujo considerablemente y los jugadores, que entonces aún viajaban en vuelos comerciales, podían aligerar el cansancio que suponían las horas de aeropuerto. Con su inherente incomodidad para tipos de más de dos metros.

Ni mucho menos era entonces como en los primeros años de la NBA, cuando las franquicias llegaban a viajar en trenes de segunda, de madrugada y apenas duchados del partido. Alojándose en hoteles que a duras penas ofrecían camas que terminaban en sus rodillas y una alimentación que podía ser de todo menos apta para un deportista. Pero las limitaciones, unidas a la economía, constreñían los gastos hasta el extremo también en la década de los 70.

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Obsolescencia programada

Las franquicias han ido sufriendo diversos cambios de división y de conferencia desde aquella primera conformación de divisiones. Pese a las ampliaciones que se fueron sucediendo, siempre se fueron organizando en torno al modelo troncal de cuatro divisiones. Hasta 2005, cuando la incorporación de Charlotte Bobcats obligó a una nueva reconfiguración. El formato pasó a ser el actual: tres divisiones por cada conferencia de cinco equipos cada una. Se crearon la SouthEast en la Conferencia Este y, en el Oeste, la Midwest desapareció dividiéndose en NorthWest y SouthWest.

Con el nuevo formato – el actual – los equipos juegan cuatro veces contra sus rivales de división (dos en casa y dos fuera), tres o cuatro veces contra rivales de la misma conferencia y dos veces contra equipos de la conferencia contraria (una en casa y otra fuera). El campeón de división se asegura ser cabeza de serie en Playoff, pero no el factor campo si no tiene mejor récord que los otros cinco equipos clasificados.

El caso de Portland en 2015, que entró entre los cuatro primeros teniendo peor récord que Grizzlies y Spurs, reabrió el debate sobre la utilidad de las divisiones en la NBA actual. Adam Silver y la Junta de Gobernadores eliminaron no solo el privilegio de estar entre los cuatro primeros para el campeón de división sino, incluso, la posibilidad de asegurar los Playoff. Y, si no hay premio alguno por ganar la división, ¿de qué vale competir en ella? Ni tan siquiera queda el prestigio de ganarla, pues apenas sí se considera un premio menor. Colgar un banner más en el techo del pabellón. Y las tradicionales rivalidades entre la mayoría de equipos no están dentro de su propia división, salvo alguna excepción.

Deportivamente hablando, la división es una configuración anacrónica y arcaica que se arrastra de épocas que pertenecen al recuerdo. Y para demostrarlo no hay sino que plantearse una pregunta sincera: ‘¿Cuántas veces miras el balance por división? Nunca‘. A nadie le importa ya. Y, con eso, debería empezar el debate por el cambio. No vamos a entrar en este artículo sobre la posibilidad de eliminar las conferencias en aras de reducir la disparidad competitiva de Este y Oeste que se viene produciendo en las últimas décadas. Ese podría ser, o no, un paso más del proceso. Eliminar las divisiones no implica necesariamente que nos encaminemos hacia una NBA sin conferencias también. Cabe señalar ese matiz.

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Pero quizá el asunto más escabroso es la propia configuración de las divisiones. Especialmente en el Oeste, donde la dispersión alcanza un grado de complejidad de imposible solución. Para hacernos una idea, de Oklahoma a Portland hay 1.950 millas (más de 3.100 kilómetros). Partiendo del mismo destino, de Oklahoma, con dirección al punto más meridional del Este, a Miami, hay 1.430 millas. Y si nos vamos al punto más septentrional de la costa Este de EE.UU., a Boston, hay un viaje de unas 1.700 millas. El drama es equivalente entre Minnesota y Portland, por ejemplo, distanciadas por otras 1.700 millas entre sí. Son solo un par de casos. Pero se pueden sacar otros como los de Memphis o Washington, por nombrar otros dos de los más sangrantes.

Actualmente, hay franquicias NBA que realizan desplazamientos más largos para medirse a rivales de su propia división que al resto de su conferencia al completo. Y el problema es que de intentar una reestructuración, seguirían quedando demasiados huecos y equipos perjudicados. Sería un auténtico quebradero de cabeza colocarles en ningún sitio manteniendo la paridad de equipos en las divisiones. El pensamiento lógico, sin ningún premio que repartirse, sin rivalidades y con semejante disparidad de desplazamientos, no puede ser sino hasta cuándo se va a mantener un sistema irregular que no reporta ninguna clase de beneficios ni a las franquicias ni a la propia liga.

Adam Silver es consciente de ello. Y ya en 2013 admitió que su equipo llevaba unos años analizando y planteándose tan arduo debate. Los cambios en la NBA, si bien tienden a ser precisos y tajantes, suelen llevar un proceso de varios años de deliberación. Incluso décadas si son de gran calado e impacto como este.

Históricamente, obviamente, nos hemos basado en la geografía en términos de valorar el calendario y la conveniencia de los viajes. El objetivo es realzar las rivalidades y ya no estoy seguro de si eso está sucediendo realmente. Estoy seguro de que el comité de competición tendrá nuevas propuestas en las siguientes reuniones”.

Los avances tecnológicos, logísticos, los vuelos privados, la cada vez mayor cantidad de personas de todos los ámbitos que trabajan en los staff de las franquicias, la nula rivalidad entre equipos de misma división, los primeros cambios que ya se realizan tímidamente y, sobre todo, el inmenso potencial económico del que gozan los equipos NBA hoy día, invitan a pensar en un próximo replanteamiento acerca de la utilidad de las divisiones.

Una suerte de invento que pervive por tradición en una liga poco dada al inmovilismo. Un recurso que, si bien tuvo un gran impacto en aquellos años 70 y en adelante, mientras la NBA se recuperaba, ha ido perdiendo relevancia con el nuevo siglo, hasta ser consideradas obsoletas. Aquel parche medio despegado, sin apenas adherencia, solo cubre una herida ya cicatrizada.

En el aire aún quedarían muchos temas como la nueva configuración del calendario o si eliminar las divisiones abriría las puertas a una nueva ampliación de la NBA. Esas son otras batallas paralelas y derivadas, de tan amplio debate como esta, que merecen la consideración de ser tratadas por separado, pero siendo conscientes de la comunión de unas y otras.

Lo que en este artículo importa es que la creación de divisiones siempre tuvo fecha de caducidad. Y, si en algún momento conviene recuperarlas de nuevo, nadie impedirá rectificar. Pero, de la misma forma que podíamos entenderlas en el contexto histórico precedente, en la coyuntura actual no dejan de ser el mayor exponente del dogma capitalista de la obsolescencia programada: un artilugio programado para romperse con el tiempo.

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