NBA D-League: La última frontera

“Estoy muy orgulloso de la Liga de Desarrollo (NBDL). Esta liga está funcionando muy bien. Tenemos una competición que aceptará chicos de 18 años y que educará y preparará más y mejor a los jugadores que la propia NCAA”.

David Stern respondía así en noviembre de 2013 a una inocua pregunta sobre la D-League. El antiguo comisionado no perdió ocasión de tocar los tambores de guerra antes de su marcha. Como queriendo trazar la hoja de ruta de la estrategia de la liga en torno a su hermana pequeña. Para adjudicarse un nuevo éxito que, de consumarse, volverá a apuntar a su gestión como la gran valedora décadas después.

David Stern salía de las trincheras para lanzar la primera ráfaga. Una simple salva de balas sin víctimas. Porque sus palabras, más que palabras, siempre terminan siendo proyectiles. Jamás comete un desliz y, en este caso, su significado no tenía más razón de ser que la de hacer acto de presencia. “Estamos aquí”, se leía entonces entre líneas. Agazapados, en la trinchera, aguardando provisiones en una guerra de desgaste. Pero presentes. Y, en un recorrido más amplio, entrañan una amenaza velada: Mark Emmert – y, por ende, su NCAA – eres nuestro próximo objetivo.

El alumbramiento de un hijo

En 2001, hace ya 15 años, la NBA puso en marcha un ambicioso proyecto, denominado NBDL. Como su propio nombre indicaba (Development), la nueva liga sería un híbrido entre el profesionalismo y una cantera donde las franquicias NBA podrían dirigir sus miras. Compuesta inicialmente por ocho franquicias, sus primeros años fueron más una toma de contacto entre el escepticismo y el reconocimiento.

Su éxito, si bien más que relativo durante estos primeros años, debiera analizarse en su debido contexto. El mismo año que nacía la NBDL, la CBA y la IBL se fusionaron. O, para ser más exactos, la International Basketball League absorbió la CBA manteniendo todas sus señas de identidad, incluido nombre, deudas e imagen.

Entre 2006 y 2007 el proyecto alcanzó un inesperado auge. Pero su coyuntural desenfreno no hacía sino enmascarar el déficit económico, la banca rota y, finalmente, la quiebra de casi todas sus franquicias.

Era momento de asestar el golpe definitivo a la maltrecha CBA, arruinada y desprestigiada tras su último intento de resurrección. Stern y su equipo siguieron apostando fuerte por su retoño y, en 2005, con afán de dar un nuevo impulso a la liga tanto promocional como deportivamente, cambiaron su denominación a D-League.

Llegó la primera expansión de franquicias. Se dotaba así de músculo empresarial y una imagen reconocida, un significado en sus siglas completamente definido. El mercado de aficionados era para entonces capaz de asociar la D-League a conceptos concretos en su imaginario. La NBA había ganado también esa batalla a la CBA, marginada como una competición residual para el aficionado.

Se asestó la última puñalada a la CBA. El primer rival de la D-League, agonizante, apenas tardó en exhalar su último aliento y, en 2009, con solo dos equipos en nómina, Jim Coyne, comisionado de la CBA, anunció su disolución. La NBA tenía bajo su control a la principal liga menor de Estados Unidos.

Estructura económica de la D-League

Para comprender las necesidades de la NBA D-League de cara a su caza y captura de la NCAA es necesario acercarnos mínimamente a su estructura y funcionamiento. De entrada, baste con conocer que ninguna de las 18 franquicias es independiente. Todas están vinculadas a una franquicia NBA. La última libre, Fort Wayne Mad Ants, fue comprada por Indiana Pacers el  10 de septiembre de 2015.

En esta última temporada 14/15, acudieron 1.24 millones de espectadores en los estadios. Pero, además, ESPN televisó los Playoffs al completo, con especial atención a las Finales. No era sino la probeta donde experimentar su futuro contrato. Hace dos años, en octubre de 2014, la D-League firmó con la cadena un acuerdo de 9 años que comenzará en la temporada 2016-17 para que al menos 20 partidos sean televisados por ESPN.

Los despachos de Malcom Turner (comisionado) siguen trabajando duro y a potentes patrocinadores como BBVA, Boost Mobile, Samsung, Diageo se han unido, recientemente, Unilever, Harman y Kaiser Permanente. Y, cabe añadir, la liga de desarrollo sí permite la publicidad en sus camisetas, a diferencia de la NBA. Hasta 9 de sus 18 equipos cuentan con el nombre de alguna empresa serigrafiado en su elástica.

Todos estos factores e inversiones han conseguido que la D-League siga creciendo y prosiga su imparable expansión. Turner reconoció durante los Playoff que habría dos nuevos equipos para la temporada 16/17. Steve Jbara, presidente de los Grand Rapids Drive, se atrevió a decir que incluso podrían ser cuatro.

Jed Kaplan, presidente de Iowa Energy, fue más allá, contagiado del entusiasmo general, afirmando que habría “una liga de 30 equipos en cinco años”. Turner, siguiendo la línea de su predecesor Dan Reed, se limitó a aseverar que la estrategia de expansión solo pasaba por la “inteligencia y el crecimiento sostenible”.

Que franquicias como los Hornets, Raptors o Magic hicieran público su interés en tener su propio equipo en D-League es un incentivo a tener en cuenta.

Actualmente, el tope salarial es de 178.000 dólares. Y el impuesto de lujo obliga a pagar un dólar por cada dólar que se exceda la franquicia. Se establecen tres niveles salariales en la NBDL: 13.000, 19.000 y 25.000 dólares.

Si bien se podría considerar que no son salarios demasiado atractivos, llegan a ser más que aceptables si se dirigen a chavales de 18 años con necesidad o, simplemente, ganas de comenzar a ganarse la vida. La D-League paga además la vivienda, dietas en los desplazamientos y demás beneficios de la vida diaria de los jugadores.

Un paraíso para chavales que, en una gran mayoría, pueden venir de familias más que humildes. No es descabellado que algunos puedan llegar a cobrar incluso más que sus progenitores y aún menos descartable es una remodelación de los criterios para amoldarlos al salto de calidad que se pretende asumir.

Pero la D-League no es la única amenaza para la NCAA. Si bien la migración en Estados Unidos cae a cuentagotas en edades de formación, el último ejemplo ha sido uno de los más sangrantes. Emmanuel Mudiay, uno de los mejores prospects del país, renunció a jugar en la NCAA para comenzar a sacarse los cuartos.

China ofreció gustosa 1.2 millones de dólares por una temporada. Y, aunque el exótico destino asiático no sea sino un reclamo para jugadores sin oportunidad en la NBA, es ya el destino más apetecible para los americanos y amenaza con tender redes en aguas más profundas. No es sino un caso aislado, sin amenaza de epidemia. Pero la tónica siempre fue prevenir antes que curar.

Mudiay, de orígenes que a duras penas merecen la consideración de humildes, necesitaba ayudar a su familia económicamente cuanto antes. No así Brandon Jennings, otro notable ejemplo de prospect de lujo que se saltó la etapa NCAA. En el caso de Jennings, no quiso ir a la universidad y por eso optó por Europa (Lottomatica de Roma). Su éxito allí es más que cuestionable y hasta hace un par de temporadas ha vagado por la NBA sin cumplir las expectativas depositadas en él.

En ambos casos, su salto al profesionalismo les penalizó en el Draft. Mudiay cayó a la 7º posición (Denver Nuggets) y Jennings a la 10ª (Milwaukee Bucks).

La D-League quizá no sea el mejor destino para las futuras estrellas, que seguirán optando por la formación NCAA. Al menos por ahora, con la actual estructura, sistema de competición y desarrollo implantado. Pero sí puede serlo para jugadores con pocas expectativas de entrar en el Draft o jugadores que apunten a segunda ronda que quieran aprontar su salto al baloncesto profesional. Sin olvidar al sinfín de chavales como Mudiay que luchan no solo por su futuro, sino que cargan sobre sus hombros la prosperidad de sus seres queridos.

Un largo camino

Aunque la D-League esté lejos a día de hoy de poder acercarse a tan bucólico reto, sigue dando pasos firmes para allanar el terreno. No obstante, quedan demasiados aspectos por modificar. De entrada, se necesitan entrenadores de primer nivel, no técnicos en formación que buscan dar el salto como asistentes NBA. No faltan técnicos brillantes, con aptitudes sobresalientes.

Ejemplo de ello es Dave Joerger, que con 33 años se convirtió en asistente en Memphis Grizzlies tras ganar todo en la CBA y la D-League. Pero no es igual un gran entrenador que un formador. Si la D-Lague quiere afrontar el desafío, debe empezar a incorporar personal cualificado para formar a los jóvenes y una mejor estructura a todos los niveles en los equipos.

Es necesario estar encima de los jóvenes y trabajar con ellos en los entrenamientos. Ofrecerles, como intenta la NCAA, ese componente formativo sería equiparar el vestido de gala de la competición universitaria. Si hablamos propiamente del juego, la NBDL necesita jugar más ordenado cambiando la propia dinámica de la liga.

Va dando pasos hacia delante, pero no deja de estar considerada como una suerte de circo de pruebas.

Esta circunstancia, ligada a la liga desde sus orígenes, obliga a repensar la propia idea de concepción de la D-League enfocándola a los jóvenes amateurs. Como en todo proceso, se necesitarán apuestas valientes que otorguen, poco a poco, prestigio reconocido.

Un primer paso sería invertir rondas del Draft en algunos jugadores que salgan de la D-League. Por ahora no pasan de contratos temporales o, en el mejor de los casos, multianuales parcialmente garantizados.

Seth Curry ha firmado con los Kings 2 años garantizados este verano.

Troy Daniels se hizo un hueco en los Rockets para acabar jugando en los Hornets, donde sigue a día de hoy.

Elijah Millsap se ganó a base de contratos de 10 días un contrato multianual con los Jazz en enero.

Jonathon Simmons superó una prueba veraniega con los Spurs entre cientos de aspirantes y, tras un par de años en su afiliado de la D-League (Austin Spurs) firmó un contrato multianual garantizado con San Antonio.

Y ellos no son solo sino un mínimo puñado de ejemplos. La D-League necesita mantener su seña de identidad nutriendo a equipos NBA con jóvenes destacados en sus filas y, a la vez, atraer a chavales de instituto e iniciar una nueva línea de acción con ellos.

En resumen, ganar prestigio desde la refundación de la idea original de la D-League. Mercadotecnia y unos cuantos nombres atractivos en los banquillos y la pista. Y, tal vez, replantearse la estructura salarial de la liga ajustándola a la nueva realidad juvenil. Incluso, se podría plantear si es necesario un nuevo estamento salarial para jugadores que se salten la NCAA.

Y, yendo más allá, si es conveniente establecer sub-divisiones dentro de ese nuevo estamento salarial para que los mejores prospects del instituto perciban una remuneración superior.

Otro apartado de imperiosa necesidad es cubrir con el contrato la beca íntegra que garantiza cualquier universidad y, obviamente, hacer que los chavales ganen dinero. En ese sentido es vital la publicidad. NCAA prohíbe los contratos publicitarios mientras estén en universidad. D-League debe dar un paso al frente regularizando los contratos publicitarios como en la NBA.

De esta forma, profundizan en el salto al profesionalismo en un área primordial del deporte. Supone ingresos extra para los jugadores. Tal vez, incluso más abultados que sus contratos. Gracias a los patrocinadores principales, las marcas deportivas y demás empresas con ganas de asegurarse jóvenes figuras como imagen de marca.

Por último, el salto a la NBA debe ser libre. Actualmente, una franquicia NBA que reclama un jugador D-League solo tiene la obligación de pagar su salario. No así un equipo del extranjero, que deberá abonar una cláusula de salida por valor de 40.000, 45.000 o 50.000 dólares en función del salario del jugador.

Por tanto, siguiendo el hipotético caso de que salgan drafteados jugadores de la D-League que no pasen por la NCAA, lo hará como cualquier otro universitario. Y, en caso de no salir elegido, debería poder seguir en la D-League sin restricción para firmar un nuevo contrato acorde a su nueva situación en cualquier franquicia.

Jaque a la NCAA

¿Cuál es el camino a seguir por Emmert? ¿Debe la NCAA plantearse pagar a sus jugadores? ¿Dejar que entre publicidad para compensar el “ahorro” de los supuestos salarios de los jugadores universitarios? Las estrellas cada vez dan el salto antes, pasando incluso un solo año en NCAA: one-and-done. Ergo, la hipótesis es clara: actualmente la NCAA no tiene competencia y se siente a salvo; pero, de haberla en un futuro, ha de cambiar su línea de acción.

David Stern ya adelantó a los 18 la edad de entrada a la NBA cuando antiguamente se debía cumplir el periplo universitario completo. Y, aun así, no dejaba de ser un balón de oxígeno para la NCAA, que evitaba nuevos casos LeBron, Kobe, Garnett…

Hasta hace décadas, aprontar la entrada NBA estaba mal visto, pero se daban excepciones. Y pioneros como el recientemente fallecido Moses Malone – descanse en paz – rompieron los moldes. En su caso, ser el primer jugador en llegar a la NBA sin pasar por la NCAA.

Como con Mudiay o Jennings, un germen que nunca llegó a extenderse, pero siempre presente. Gracias a la valentía de hombres como Malone y otros tantos que decidieron no cumplir todo su ciclo universitario, se fue derribando una barrera basada en los convencionalismos y tradiciones permeables durante generaciones.

Tal vez la NCAA deba comenzar a tomar medidas en vistas al indescifrable futuro. O, tal vez, la D-League solo sea un proyecto faraónico con pies de barro condenado al fracaso. Tal vez se hunda por sí solo y no logren el ambicioso objetivo propuesto. O jamás se atrevan a dar el salto. No sería el primer experimento con gaseosa de la NBA. Y dada la juventud de la D-League y su constante evolución, aún está por ver la magnitud de su futuro. Pero bien haría Mark Emmert en tomar buena nota de lo mortífera que puede ser la dentellada de la D-League. La CBA quedó extinta ante su potencial. Y ninguna otra liga con visos de llegar a profesional en EEUU ha logrado florecer bajo la sombra de la D-League.

En el particular tablero donde Emmert jugó contra, primero Stern, y ahora Silver y Turner, se da una compleja posición que en ajedrez se denomina zugzwang. Descríbase el zugzwang como la obligación de mover. En el bonito juego de estrategia que representa la batalla de dos intelectos, el zugzwang se usa cuando se llega a una posición donde, el que mueve, pierde.

La posición terminaría en tablas de no ser porque uno de los dos está obligado a mover, dejando así el hueco suficiente para que, en la siguiente jugada, el rival lo aproveche para ganar una posición ventajosa y, a la postre, vencedora.

No hay opción a la triangulación para recuperar la defensa. Ni a ocupar todos los flancos perdiendo tiempos que adormezcan la posición hasta su eterno baile con la repetición. Solo hay opción a la resignación del zugzwang, mirando a la derrota a los ojos antes de hacer el movimiento fatídico.

La pregunta es: ¿Lograrán Adam Silver y Malcolm Turner llevar a Emmert al zugzwang?

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