Querido Kobe: Te odiábamos

*Nota: Artículo publicado originalmente por Álvaro Carretero en Outsiders NBA

Soberbio. Prepotente. Egocéntrico. Antisocial. El Kobe Bryant jugador dista mucho del Kobe persona. Y aún más del personaje mediático que se ha construido (y metamorfoseado) con los años. Bryant ha cumplido el ciclo vital de las leyendas. Y con ese mismo aura de invulnerabilidad que acompaña a todas ellas afronta su retirada.

“Es el Michael Jordan de nuestra generación”

Nadie mejor que Dirk Nowitzki acertó a definir lo que Kobe Bryant ha representado en la dura etapa de comparación constante con His Airness y el romanticismo ochentero. Para adolescentes y niños nacidos en los noventa, Kobe ejerció un hechizo diferente al resto de jugadores. Ni los crossover de Iverson, ni McGrady anotando 13 puntos en 45 segundos, ni la incomparable fuerza de la naturaleza que era Shaq. Ni mucho menos la sobriedad de Duncan. Bryant ha sido el máximo exponente de los mitos NBA recientes.

No solo por su juego. También por longevidad. Es el único jugador exterior que ha alcanzado las 20 temporadas en la NBA. Aunque hayan sido prolongadas de forma artificial por los Lakers. A los 35 años, sin recuperarse de su última lesión, renovó por 48 millones y dos temporadas más.

Operación que abría dos nuevos frentes. El primero, que la gestión de los Lakers alcanzaba un nuevo nivel como hazmerreír de la NBA. El segundo, que el nuevo contrato, aprovechado por la desastrosa coyuntura angelina, era una oda al ego de Bryant. Mientras otras estrellas veteranas como Duncan, Garnett o Nowitzki se bajaban el sueldo para ayudar a sus equipos a sumar mejores jugadores, Kobe salvaguardó su porvenir a toda costa.

La soledad de un balón

“Mi universidad ha sido mi padre”

Llegó a la NBA sin pasar por la universidad. Hecho que ya de por sí le generaría una buena dosis de críticas de conservadores escandalizados cuando no se siguen los patrones habituales. LeBron James también sabe qué es eso. “¿Se cree que es Kevin Garnett?”, comentaban los corrillos públicos y privados.

En 1995 Kobe jugó el prestigioso torneo de Adidas que reúne a los mejores jóvenes del país. Y oh, sorpresa, fue el MVP. De allí salió su dorsal con el número 8 en la NBA. En el torneo le asignaron el número 143. La suma de los tres (1+4+3) le dio el resultado final. Ese mismo año hizo un workout privado con los Sixers, el equipo de los amores de su padre, nativo de Philadelphia. Kobe, entonces con 16 años, humilló a Jerry Stackhouse, el número 3 del Draft de aquel año. Pero los Sixers, entonces, no pensaban en otra cosa que no fuese draftear a Allen Iverson en el puesto número 1 de 1996. Para 1996 había hecho pruebas con la mayoría de equipos de la NBA. Jerry West, General Manager de los Lakers, quedó fascinado con el chico.

Para cuando Kobe anunció que se saltaría la universidad para ir directamente a la NBA, el aluvión de críticas no se hizo esperar. Que si no era Michael Jordan… Que si no habría otro Kevin Garnett… No está preparado… Mejor que se quede en la escuela… Pero el deseo, esa mirada fija, sin parpadear, de asesino fijando el blanco que se le pone cada vez que anota una canasta ganadora, estaba en sus ojos aquel día. Sus propios compañeros de instituto le definían como “un profesional”. Incluso desde Italia, algunos de sus (muy) escasos amigos, ya decían que con apenas doce años solo tenía entre ceja y ceja la NBA. Tan serio se le ponía el rictus, que nadie osaba tomarlo a broma.

Si algo identifica a Kobe Bryant, desde niño, ha sido la tenacidad. Ver vídeos de Michael Jordan en Italia e imitarlos en la canasta del garaje hasta clavarlos. Tener sueños, metas imposibles en el imaginario de cualquier otro adolescente, y no parar hasta cumplirlas todas. Jugar en la NBA en esas circunstancias era una más. Misma tenacidad que Phil Jackson, en su libro 11 Anillos, alabaría tras muchas críticas e incontables tira y afloja con Kobe. La anécdota de Kobe durmiendo en su coche a las 8 de la mañana después de haber entrenado dos horas solo en el pabellón, es ya de culto popular. También Gary Vitti, el preparador físico de los Lakers con más de 30 años en activo, alabó siempre de él, incluso por encima de su ética de trabajo, “su legendaria tolerancia al dolor”.

Para aquel año 1996 Jerry West ya estaba orquestando su plan maestro. Juntar a Shaq y Kobe. Pero las imposiciones financieras le llevaban a un laberinto sin fin. Atado de pies y manos en contratos, hubo de hacer malabares y encontrar en unos necesitados Hornets a su aliado para obtener a Kobe. Se desprendió de Vlade Divac, en un traspaso tan criticado como sorprendente. Todo por apostar por un chaval cuya única experiencia probada era en un instituto mediocre, sin pasar por la universidad, criado en Italia y con fama de solitario. Tras cientos de horas al teléfono, una tensión insufrible para West, siempre escéptico sobre si Charlotte rompería su acuerdo, Kobe sería elegido en el puesto número 13 del Draft de 1996 por los Hornets.

El Heredero

“No quiero ser Michael Jordan, solo quiero ser Kobe Bryant” (1997)

Superado el primer mal trago de prensa retrógrada y escéptica, la imagen de Kobe Bryant pasó a ser inmaculada. En exceso, incluso. Y sus cada vez más descomunales actuaciones, como los 31 puntos en el partido de rookies o los 18 en el All Star de la segunda despedida de Jordan en 1998, le valieron el paralelismo. Al cual contribuyó el propio Jordan con uno de esos comentarios que, más que a halago, sonaban a orden. “Me ha gustado. No es un niñato”. Y todos como locos a cambiar las líneas narrativas sobre el joven Kobe. Ya era el nuevo ídolo del país.

Nunca ha podido librarse de las comparaciones. Bien por beber de su influencia durante su infancia en Italia. Bien por reconocer que era su ídolo absoluto. O, simplemente, porque una NBA huérfana del mejor jugador de todos los tiempos necesitaba algo con lo que volver a ilusionarse cuando parecía que ya lo había visto todo. La gran obsesión de Kobe siempre fue librarse del estigma jordanesco. Crear su propio legado. Obsesión que le ha consumido durante toda su carrera y ayuda a explicar los pasajes clave de su vida en la NBA. Por eso la comparación aquí será más abstracta.

kobe-y-jordan

Si en algo se ha parecido Kobe a Jordan es en la tirana influencia que ha ejercido a su alrededor. Bryant quería que los Larkers fueran suyos, no de Shaq. Jamás aceptaría ser el segundón de nadie. Su carácter bien podría asemejarse también al de Larry Bird, acostumbrado a espolear a sus compañeros despertando su odio más profundo contra él. Llevándoles al límite mental y físico. En su palo nunca hubo zanahoria. Siempre con el objetivo de alcanzar la excelencia. Kobe, por el contrario, basaba su comportamiento en la absoluta indiferencia. Su mutismo selectivo le llegó a granjear un halo de autista, sabiéndose incapaz de comunicarse con sus compañeros. No eran merecedores de tal honor. Mucho menos de su respeto.

La explicación nos remonta ineludiblemente a su infancia en Italia. Su baloncesto siempre se jugó a solas, en la canasta del jardín de su casa. Alli, como en el resto de Europa, el fútbol es el deporte rey. De modo que el niño entendió que el juego era cosa de dos: el aro y él. No necesitaba de nadie más. Automatismos que se agravaron en su etapa en el instituto, sabiéndose infinitamente superior. Y contra los que Phil Jackson batalló a capa y espada. Porque aquel muchacho escapaba al obsesivo control de su filosofía zen. No cabía en el redil. Tardó años en hacer comprender a Kobe que si quería ser un auténtico líder, no podía huir de relacionarse con los demás. Para entonces, Shaq ponía rumbo a Miami y Kobe atravesaba uno de los momentos más delicados de su vida.

Un nuevo (anti)héroe en la ciudad

“Jamás había visto un jugador tan egoísta como Kobe”, Walt Frazier

El trienio glorioso de los Lakers duraría hasta 2003. Una dinastía que no parecía tener límites ni fin. Pero Kobe y Shaq tenían dos personalidades condenadas a la inexistencia mutua. “Esta ciudad no es lo suficientemente grande para los dos”. Y, como en los mejores Westerns, ambos desenfundaban tras dar diez pasos en direcciones opuestas. Ninguno iba a aceptar ser el segundo del otro. Hasta el punto que Phil Jackson tenía que dibujar en sus esquemas las jugadas para ambos como primera referencia ofensiva en su Triángulo como 1A y 1B. Un tiroteo a quemarropa para regocijo de los medios.

La fractura de los Lakers era más que evidente para 2003. San Antonio les tumbó en las Finales del Oeste. O’Neal y Jackson demandaban renovaciones desorbitadas. Y Kobe no quería que la sombra de nadie cubriese los focos que consideraba legítimos. Su individualismo, potenciado desde la infancia, era una crisálida impenetrable. Él quería ganar solo. Formar su propio legado sin que nadie pusiera en la historia otro nombre al lado. Tenían que ser los Lakers de Kobe Bryant. No de O’Neal y Kobe. Las críticas hacia su egoísmo volvieron a aparecer.

Y, en medio de semejante contexto, fue acusado de violación. Salió en libertad bajo fianza de 25.000 dólares y se enfrentó a un juicio que tuvo que cerrar con un acuerdo extrajudicial de seis cifras con la parte acusatoria. Los patrocinadores se esfumaron. Entre ellos, Adidas, la marca que le suministraba zapatillas y que nunca había terminado de rentabilizar su imagen como se esperaba.

Hasta que Nike asumió el reto y salvaron no solo su imagen, sino su carrera. Entendieron que el Kobe pulcro de sus primeros años había pasado a mejor vida. Este Kobe más maduro, escarmentado de los palos de la vida, necesitaba otra perspectiva radicalmente opuesta. Así surgió el apodo y marca Mamba Negra. Venenoso. Letal. Mortífero. Nike potenció el lado oscuro de Kobe como su sello distintivo. Lo que le hacía diferente a ningún otro jugador en la NBA. Adiós al número 8 elegido por sus éxitos de adolescencia. Hola al 24. La ruptura debía ser total.

kobe-y-shaq

Se trataba de ocultar el lado oscuro de Kobe, el pasado más reciente y turbulento, con más oscuridad. Su personalidad haría el resto. Llevar su juego a un nuevo nivel tras la debacle de 2004, con Payton y Malone en el equipo, sería el impulso definitivo. Sin Shaq ni Jackson, Kobe alcanzó la ansiada libertad. Ya solo debía preocuparse de ser él mismo. MVP, 81 puntos a los Raptors, números estratosféricos… La soledad. Siempre jugando en soledad.

Mientras tanto, O’Neal conquistaba un nuevo anillo en Miami, donde Pat Riley hizo su primer experimento de estrellas, veteranos y jugadores descarriados. Y las narrativas volvieron a cambiar: “Jamás ganará sin Shaq”. Bryant, que ya había evolucionado mentalmente tras la acusación de violación, alcanzó un nuevo status de madurez. En 2003, el estrés hizo a su mujer perder a su primera hija en el embarazo. Kobe se prometió a sí mismo centrarse solo en el objetivo más puro de su vida. Recuperar la razón de ser de su niñez: ganar, ganar y ganar. Ser el mejor. Dejar huella. Tras ver ganar a Shaq en un equipo – reitero equipo – meditó profundamente.

La inmunidad de las leyendas

“La historia se convirtió en leyenda. La leyenda en mito”

La fidelidad de Kobe a los Lakers nunca ha sido tal. Cuando Jordan volvió a los Wizards estuvo a punto de unirse a él cuando acabase su contrato. Pero para entonces el equipo voló por los aires, so pena de enfrentarse a un auténtico motín contra MJ. Jordan le ofreció a Kobe jugar igualmente, pero con él como GM. No era igual. También amenazó Bryant irse a los Clippers harto de que los Lakers no le ofrecieran ser el mejor del equipo. El matrimonio entre franquicia y jugador estuvo a punto de romperse varias veces.

La última, cuando los Lakers no le ofrecían el secundario de lujo deseado para ganar más anillos. El ultimátum de Bryant se saldó con la llegada de Pau Gasol a Los Ángeles. A la postre, el compañero ideal. Su hermano. Alguien que no necesitaba protagonismo y tenía sus mismos valores y hambre de títulos. Una pareja perfecta. Con Pau ganó sus dos últimos anillos (seguidos) tal y como él deseaba: como líder y referencia única.

Su absolutismo derivó en un despotismo ilustrado en el que Odom, Pau, Fisher… Tenían su propio espacio para coexistir y poder para gobernar. Fue a partir de 2010 cuando el status de Kobe comenzó a adquirir ese tinte de leyenda con el que hoy se retira. Libre de Jordan, hoy el único paralelismo que podemos establecer entre ambos es el de su legado. Ambos han aficionado al baloncesto a cientos de miles, millones de niños que crecieron viéndoles jugar. Los noventeros que se perdieron los vuelos de MJ encontraron en la Mamba Negra el referente al que imitar.

Tocar la gloria por última vez, desmontar los mitos que circulaban en torno a él, le eleva a un nuevo altar. Al trono en el que solo los privilegiados de la historia pueden sentarse. No es cuestión de abrir un debate sobre qué posición debería ocupar Bryant. Si quinto, décimo o trigésimo primero en el ranking histórico de jugadores. Sino que su figura ha sido rodeada por ese halo de leyenda que extiende sobre él una capa de invulnerabilidad. Como sucedió con Phil Jackson en su día, por ejemplo. Atrás quedan los pecados, como un residuo borroso. Un asterisco perdido entre miles de líneas aglutinadas en cientos de páginas.

Los críticos más acérrimos hoy escriben las epopeyas más emotivas. Los íntimos rivales aplauden. Y los compañeros que le sufrieron le alaban. Nadie puede ya cuestionar su figura pública. Kobe Bryant es leyenda.

kobe-bryant-1

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s