Karl Anthony Towns: el legado de Len Bias

Han pasado tres décadas desde que la historia negra de la NBA y el deporte escribiera una de las páginas de mayor conmoción. El 19 de junio de 1986, Len Bias, flamante número 2 del Draft de los Boston Celtics, fallecía en su residencia de estudiantes de la universidad de Maryland por una sobredosis de cocaína. Habían pasado apenas 48 horas desde que estrechase la mano a David Stern y se calzase la gorra de su nuevo equipo. 22 años le alumbraban.

Su nombre, inmortal desde entonces, ha ido cayendo en los consecuentes y justificables olvidos de las nuevas generaciones. Salvo los fans de los Celtics, los nativos del Estado de Maryland, o ávidos lectores de literatura baloncestística, los recuerdos de Len Bias pertenecen al pasado y, en el mejor de los casos, a alguna que otra reseña o conversación.

Por ello resulta tan anodino que un jugador como Karl Anthony Towns, Rookie Of the Year, elegido número 1 del Draft de 2015 por los Minnesota Timberwolves, declarase en una ocasión su predilección por aquel desdichado muchacho.

“Cuando era niño, mi jugador favorito era Len Bias. Aún tengo su camiseta de la universidad colgada en la habitación de mi casa”

Towns, de 19 años, nació en 1995. Casi una década más tarde de que la droga se cobrase una nueva víctima. No llegó a la NBA. No le vio jugar. No comparten ningún tipo de nexo que les una. Pero el recuerdo de Len Bias vuelve a estar más vivo que nunca gracias a otro joven soñador que, como él un día, quiere grabar su nombre en las páginas de la NBA.

Aunque, por supuesto, no en el mismo capítulo que su ídolo de niñez.

Karl-Anthony-Towns

Un ídolo malogrado

La historia de Karl Anthony Towns comenzamos a conocerla. Él mismo la irá escribiendo a diario. Nada te hace sentir tan privilegiado como asistir a momentos históricos, al desarrollo de una persona. Y echar la vista atrás, años después, para regodearnos en la calidez nostálgica de aquel pasado.

Pero la historia de Len Bias se truncó fugazmente. No es el fin de este artículo detenernos en contarla, pero sí es conveniente ofrecer unas pinceladas sobre su figura antes de explicar paralelismos.

Len Bias era único. Uno de esos jugadores que marcan la diferencia con su sola presencia. Cumplió su ciclo universitario al completo levantando el título NCAA en 1984. Llevó a su universidad de Maryland a un abrumador registro de 88-44 durante los cuatro años en los que defendió su camiseta. Su dorsal 34 era santo y seña de la ciudad que le había visto nacer, crecer y encumbrarse hasta la gloria. No había persona cabal que no conociese a Bias en todo el Estado. Él era el orgullo de la comunidad. Su referencia, un mesías deportivo que les había colocado en el mapa.

Len Bias traspasó la frontera deportiva para convertirse en un ídolo estatal de forma unánime. Pero si su fallecimiento pasó a la historia como uno de los más documentados literariamente no fue solo por su condición de estrella en ciernes. Sino por el propio contexto en el que estaba envuelto.

Por un lado, ese aura de idolatría de toda una comunidad. Pronunciar el nombre de Len Bias era llenar las palabras de fuerza, orgullo y respeto. El contexto de Maryland magnificó el mazazo hasta sobredimensionarlo incluso años después, cuando los juicios contra los amigos y compañeros de equipo de Bias prosiguieron hasta esclarecer que su muerte fue provocada por una sobredosis.

Len-Bias

En segundo lugar, el propio trasfondo de los Celtics, el equipo más influyente de la NBA junto a los Lakers en aquella época. No en vano eran los actuales campeones. Larry Bird y Kevin McHale aún buscaban más anillos. Red Auerbach, para entonces director de operaciones deportivas, empleó su tiempo y recursos en reclutar a Bias aprovechando que tendrían la segunda elección en el Draft de 1986. La más alta en toda su historia. Elección que consiguieron vía Seattle Supersonics a cambio de traspasarles a Gerald Henderson. Llegar a los Celtics daba una perspectiva radicalmente nueva a todo cuanto aconteciese a su alrededor.

Y, en tercer lugar, el propio contexto social extendido entre la juventud norteamericana de la época. Aún no había suficiente información ni toma de conciencia en lo que a las drogas respecta. Su consumo estaba popularizado. La introducción del crack a mediados de la década de los 80, un tipo de droga mucho más barata y accesible, disparó los índices de consumo.

En 1986, un sondeo Gallup (uno de los más famosos y reputados en este ámbito) preguntó a la población: “¿Cuál de los siguientes problemas lo consideras el más importante en la sociedad actual: crack, heroína, marihuana, alcoholismo, cocaína u otras formas de cocaína?”. El 42% de los encuestados respondió “crack” u “otras formas de cocaína”, seguido por un 8% de alcoholismo. Los suburbios y las clases más desfavorecidas eran un hervidero de estupefacientes y de pequeños traficantes que sobrevivían acabando con vidas ajenas.

Paralelismos inexplorados

Se ha comparado a Karl Anthony Towns con muchos y muy diversos jugadores. Ahorrándonos el manido dicho de que las comparaciones son odiosas, lo cierto es que ninguna de ellas parece ajustarse a lo que KAT es y será. Tal vez, la única a la que podamos dar cierto valor sea a la de Anthony Davis, basándonos en un concepto más abstracto que de fundamentos: ambos representan un nuevo paradigma de jugador moderno. Ambos rompen todos los moldes y crearán el suyo propio, porque nadie ha desarrollado hasta ahora capacidades tan dispares con características tan versátiles.

Se ha comparado también a Towns con Chris Bosh, con LaMarcus Aldridge… Y eso solo por mencionar algunos jugadores actuales. Pero nadie da con la tecla.

¿Y con Len Bias? Resulta que su ídolo de la infancia también era un all-around player, versátil para desenvolverse en varias posiciones – alero y ala pívot, en lugar de ala-pívot y pívot, como Towns – y con un talento nato por desarrollar. De hecho, Ed Badger, General Manager de los Celtics en 1986, llegó a aseverar que esperaba de Bias el mismo impacto que Jordan había tenido en los Bulls dos años antes.

El paralelismo Towns-Bias no ha sido explorado. Posiblemente, porque no haya un punto de encuentro entre ambos más allá de la ilusión de un niño. Ni siquiera existe un nexo geográfico. Towns es de New Jersey y, para colmo, adoptó la nacionalidad dominicana de su madre. Estudió en su ciudad natal y escogió Kentucky como universidad. La geografía, por tanto, no es un factor a tener en cuenta.

Bias era un todoterreno. Una fuerza de la naturaleza que, de tanto en tanto, surgen sin razón alguna. Su cuerpo encerraba una fuerza y resistencia descomunal que incluso superaban a su propio talento. A título póstumo se llegó a denominar como el Ironman del baloncesto. Alejandro Gaitán, en su artículo “36 horas de NBA” llegó a definirle como “el jugador total”.

Más allá de su físico y cualidades, la definición más acertada fue la de Coach K:

“En mis 24 años en Duke, solo he visto dos jugadores a los que no he podido plantar cara: Michael Jordan y Len Bias. Len era un atleta tremendo, con un carácter competitivo increíble. Hubiera sido uno de los más grandes en la NBA. Len creaba cosas. La gente suele asociar el término ‘hacer jugar’ con los bases. Pero yo considero un base a alguien que puede hacer cosas que no hacen otros. Jordan lo hacía. Bias lo hacía. Podía inventar formas de anotar y no había nada que pudieras hacer contra ellos. No importaba cómo le defendieses, terminaría creando una jugada”.

La definición, además, se ajusta perfectamente a otro jugador: LeBron James. Y a Towns. O Giannis Antetokounmpo. Todos ellos están cambiando el baloncesto tal y como lo conocemos. Todos ellos son modelos aún sin catalogar.

Towns, con un físico aún por hacer, si consigue sacar partido a su altura y sus músculos como su ídolo, tendrá la NBA a sus pies. También él ha recibido el mismo adjetivo para intentar describir su estilo de juego.

Len-Bias-Celtics

Bias medía en torno a 2,07 metros (6,8 pies), lo que le permitía compaginar la posición exterior de alero con la de cuatro. Los 7 pies de Towns le “obligan” a jugar de pívot, pero su versatilidad y recursos también le favorecen a la hora de jugar de cuatro con solvencia. Su movilidad es una de sus principales armas. Pero también su intimidación, gracias a su envergadura de 2,22 metros.

Karl Anthony Towns ha llegado para demostrar que el tamaño no es un lastre “en la nueva era del ritmo y el espacio” (Andrés Monje en “Karl Anthony Towns: La reivindicación del pívot”, Gigantes nº1449).

“Lo único necesario para que el tamaño sobreviva y se imponga es adaptarlo a la vanguardia”.

Es el nuevo interior total.

Es inevitable sacar correlación en algunos puntos entre ambos, como podría sacarse con muchos otros jugadores. Pero no podemos considerar que Bias y Towns se parezcan lo suficiente en su juego y características físicas como para determinar un parecido a nivel general. Pero, si en algo coinciden especialmente, es que ambos fueron descritos de la misma forma: “Es un jugador especial en la historia”.

El legado de Bias

Casi como (extensa) nota al pie, quien escribe no puede resistirse a no hablar del legado extradeportivo de Len Bias. Hoy, 19 de junio de 2016, se conmemoran 30 años de su trágica muerte. El legado baloncestístico de Towns lo conoceremos conforme avanza su carrera. El de Bias, sin debutar en la NBA, forma parte de la historia de los Estados Unidos. Vayan por él, pues, estas líneas. Por su recuerdo. Por las vidas que con su involuntario ejemplo simbólico pudo salvar.

La trágica muerte de Len Bias nos privó de comprobar si realmente cumpliría tan desmedidas aspiraciones. Pero abrió un debate institucional y social sobre los efectos nocivos de las drogas y la imperante necesidad de control y concienciación que imploraba la sociedad en aquel contexto de ignorancia común.

Desde 1979 a 1984 las encuestas Gallup ni siquiera incluían la drogadicción como uno de los principales problemas del país. Para 1985, entre el 2% y el 6% de la población – fluctuaba entre ambos porcentajes en las encuestas periódicas de ese año – destacaban las drogas como el mayor problema de EE.UU. En julio de 1986, ya ocupaba el cuarto lugar de preocupación para los americanos, con un 8%. En agosto, cuando la campaña de concienciación tras la muerte de Len Bias se institucionalizó políticamente, llegó al 13%.

La cifra continuó aumentando hasta llegar a tener una relevancia del 64%, valorado como el problema más acuciante del país, según encuestas de The New York Times y CBS. En las encuestas que ambos medios habían realizado hasta entonces, apenas un 2% lo había catalogado como el primer problema de Estados Unidos (abril de 1986).

El interés social no solo se debía a la ardua campaña política y mediática realizada para combatir lo que el presidente Geroge H. Bush denominaría en los años 90 como la “guerra contra las drogas”; sino en la percepción social que unía la idea de excesos con las “celebrity”.

En un contexto en el que la prensa sensacionalista también estaba en pleno auge y desarrollo, la saturación de historias morbosas sobre famosos terminó por ser la carnaza a la que la mayoría de medios hacían referencia en sus páginas, decayendo así en apenas un año el interés social sobre las drogas.

En noviembre de 1989, solo dos meses después de alcanzar el 64% de interés ciudadano, el problema de drogadicción decayó hasta el 38%. Era fruto del cansancio de leer informaciones que solo relacionaban drogas y famosos, en lugar de atacar el problema social que escondía. En abril de 1990, ya era de un 30%. En agosto, del 10%, donde se mantendría a lo largo de toda la década.

Gonzalo Vázquez se ocupó de recopilar la desgraciada historia de Len Bias en su serial de artículos “La última noche de Len Bias”. Y, más allá de su desgarrador final, recopiló la herencia que su bisoño fallecimiento legó a la sociedad. Porque Bias trascendió más allá de su nombre. Más allá de influir en jugadores como, ahora, Towns, casi 30 años después.

“El presidente Ronald Reagan envió a la familia Bias una carta manuscrita presentando sus condolencias, así como la prestación inmediata de su Administración al propósito de modificar la legislación deportiva universitaria y el endurecimiento de los controles y admisiones. A finales de octubre el Congreso aprobaría un presupuesto de 1.7 billones de dólares en la lucha contra la droga que culminaría en la Anti-Drug Abuse Act, una ley federal que endurecía las penas por posesión y tráfico de drogas. Durante el debate previo en el Senado (Senate’s Permanent Subcommittee) el nombre de Len Bias fue pronunciado en 11 ocasiones. Previamente, el gobernador del estado de Maryland, Harry R. Hughes, había sido instado a no intervenir en la crisis. La Casa Blanca declaró el asunto como ‘emergencia nacional’ (Hª Gral. De las Drogas, A.E., Espasa, p. 1016). El 14 de septiembre de 1986 Reagan dirigía un discurso a toda la nación bajo un titular que pasaría a la historia: ‘Just Say No”’. Después de la quinta pausa proclamaba a la cámara: ‘Regular drug use is even higher among the age group 18 to 25, most likely just entering the work force. Today there’s a new epidemic: cocaine’”. Vázquez, 2013

“El reverendo Jesse Jackson ofició un responso en el campus universitario de Maryland que congregó a más de 11 mil personas: God has called him to a higher purpose: to get the attention of this generation and save it” (Dios le ha llamado con un elevado propósito: reclamar la atención de su generación y salvarla)”. Vázquez, 2013.

Len Bias vive. Sea en el primer acercamiento a la Ley Anti-Drogas. Sea en el corazón de Maryland o de los Orgullosos Verdes. O, por qué no, en la propia carrera de un Karl Anthony Towns que portará el apellido Bias consigo. Colgado en su habitación. En algún lugar de su historia personal. O como uno de esos jóvenes que conocieron un mundo mejor tras su muerte.

El grafitti que apareció horas después de su muerte en los tableros de Rockerville hacía justicia perpetua a lo que representó la figura inmortal de Bias:

LEN BIAS LIVES FOREVER

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