El curioso caso de Benjamin Duncan

*Nota: Artículo originalmente publicado por Álvaro Carretero en Planeta Deporte

Publicaba en 1922 Francis Scott Fitzgerald un breve relato conmovedor. Relato que, en 2008, David Fincher se encargó de destrozar llevándolo a la gran pantalla. Brad Pitt y Cate Blanchett, si bien soberbios en sus actuaciones, no tuvieron reparo alguno en aceptar un guión que se parecía al original de Fitzgerald lo mismo que un cuadrado a un círculo. Quizá en el título…

El afamado escritor reflejó como pocos en su prolífica obra la desencantada juventud de su época, la inmediatamente posterior a la Primera Guerra Mundial. A través de su prisma surgió esa figura hoy conocida mundialmente, un nuevo paradigma de personaje que contravenía toda norma imaginable. Benjamin Button, el hombre que nació viejo y rejuvenecía con cada año que cumplía, hasta morir como un bebé. Quién en su sano juicio iba a pensar que el señor Button existiría de verdad casi un siglo después, camuflado bajo el apellido Duncan.

Un niño veterano

Pensaba escribir este artículo cuando Duncan se retirase. Llevo pensándolo no sé cuántos años. He perdido la cuenta. Iba a ser un homenaje. ¡Pero demonios! El homenaje habría que hacérselo por seguir jugando, no cuando decida poner fin a su inenarrable carrera. He tardado en comprenderlo.

Tim – o Benjamin, según nuestra historia – Duncan llegó al baloncesto por accidente. Meteorológico, para ser más exactos. Su historia como joven promesa de la natación es archiconocida en los fueros de la NBA. En 1989, cuando Duncan aún tenía 14 años, el Huracán Hugo arrasó su natal St. Croix. Entre otras cosas, se llevó por delante la piscina municipal. La providencia quiso entonces que Timmy cogiese un balón naranja para matar el rato. “No hay límite de tiempo. Puedes empezar cuando quieras”, decía Benjamin Button. 8 años más tarde, su homólogo en la vida real llegaría a la NBA (a los 22), como número 1 del Draft de 1997.

Solo espero marcar la diferencia”, declaraba entonces Duncan. Tan parco en palabras como aún acostumbra. Tan profético como siempre. Hasta que llegó a la universidad, su talento había pasado desapercibido. Su entrenador enWake Forest, Dave Odom, fue el primero en enamorarse de él. Después le siguió el resto del mundo baloncestístico. “Si este chico estuviera en alguno de los otros 48 estados, se desataría una guerra (por reclutarle)”, pensó Odom mientras le veía jugar con el instituto de St. Croix.

Aquel no era un chaval de instituto normal. Ni siquiera una estrella en ciernes. Iba mucho más allá. Tenía la madurez de un veterano, la mentalidad de un líder silencioso y el respeto reverencial de compañeros y aficionados. Bastaba una mirada suya para declarar sus intenciones. Su timidez innata siempre permitió a su cuerpo hablar más que su boca.

Un traspaso ficticio

Los Spurs fueron la franquicia afortunada que se llevó al mejor ala-pívot de la historia de la NBA, en 1997. “Popovich es el hombre más afortunado de la Tierra”, declaraba Doc Rivers, ex jugador de San Antonio y entonces aún comentarista en TNT. Por aquella época, algún analista desorientado pretendió hacer correr el rumor de que los texanos se planteaban traspasarle si no encajaba en los esquemas con el David Robinson. Siempre hubo “genios” en el periodismo también… Ambos, el Almirante y Big Fundamental, han pasado a la historia como una de las mejores parejas defensivas de la historia.

Pero en el aparato interno de la NBA nadie tenía dudas. “Si Pop le traspasa, iré a su casa con una pistola”, bromeó Don Nelson, entrenador de los Mavericks. Pop, tomando el testigo, continuó la ristra humorística desatada en torno al posible traspaso: “Las opciones de que traspasemos a Tim Duncan son las mismas de que R.C. Bufford – entonces solo ojeador en los Spurs, no General Manager – sea nuestro base titular”.

No voy a hablar de títulos. Ni de galardones. Para qué aburrirnos mutuamente pudiendo consultar cualquier hemeroteca digital. De hecho, los premios individuales importan a Duncan lo mismo que su vestimenta. O incluso menos. Tras ganar el Rookie del Año (ROY), a Duncan solo se ocurrió decir “¿se supone que tengo que dar un discurso o algo?”, vistiendo su perenne camiseta blanca y los vaqueros que siempre le acompañan. Los alardes no son para él.

La dieta milagro existe

Duncan solo atravesó una crisis existencial tras ganar el anillo de 2007. El último hasta hace un año (2014). Durante dos o tres temporadas, acusó en exceso la decadencia de su cuerpo, incapaz de encontrar solución ni de comprender la metamorfosis de su físico. A todos los jugadores les llega en algún momento de sus carreras. En 2008, con 32 años, Timmy se desesperaba frustrado mirándose como un extraño. Hasta que descubrió su famosa dieta.

Con 36 años, Duncan afirmaba sentirse como si tuviese 26. La dicotomía cuerpo-mente formó un binomio perfecto, el clímax de todo jugador, superando la adversidad del envejecimiento. Por supuesto, no era el mismo pívot dominante de sus primeros años, pero su evolución metamorfoseó en el paradigma en términos absolutos de la madurez. No hay quien no le envidiase por la forma en que cuida su cuerpo para mantenerse en plenitud.

Cada año que pasaba, Duncan parecía ser aún más temible. No existen leyes naturales para él. Por supuesto, también gracias a otro binomio legendario que forman él y Popovich. Pop ha sabido entender su profundo cambio y adaptarlo a la constante evolución del juego del equipo. A veces, sabe incluso mejor que el propio Duncan lo que necesita. De hecho, había quien decía, en tono jocoso, que ambos mantenían una especie de relación conyugal. Hasta tal punto, que Duncan se tuvo que divorciar de su mujer Amy en 2013, decidiendo que su matrimonio no funcionaba. Con la más absoluta discreción mediática, por supuesto.

“Es como escuchar a Mozart”

Ese viraje, no solo de Duncan, sino de San Antonio al completo, en los últimos años, fue descrito por Marcin Gortat con una frase para la posteridad. “Verles jugar es como escuchar a Mozart”. Una perfecta sinfonía a la que solo puedes atender con ojos vidriosos, casi incrédulos.

Mas no todo son bondades para un joven veterano. Duncan ha jugado en las tres últimas décadas de la NBA y ha presenciado momentos históricos en sus propias carnes. Los más duros, las despedidas. Bruce Bowen, David Robinson, Steve Kerr… Y otros tantos compañeros y amigos que dejaron su huella en la NBA en otras franquicias. Duncan ha resistido al paso del tiempo viéndoles hincar la rodilla a todos.

– ¿Y si te dijera que mientras los demás se hacen mayores yo me hago más joven?

– Sentiría pena por ti. Tendrías que ver morir a todo el que quieres. Es una responsabilidad terrible.

‘Benjamin’ Duncan sigue desafiando a las leyes de la naturaleza. Vivirá un año más en las zonas de la NBA, con los aros como único techo en el que cobijarse. Sorteará rivales aún más fuertes, más ágiles. Pero no más inteligentes. Su cuerpo inicia el retroceso en el deporte, mientras su mente aún se ve capaz de seguir ofertando lecciones magistrales. Solo queda postergarlo y disfrutar, antes de que llegue lo inevitable.

Algún día, el joven Duncan tendrá que decir adiós. Su cuerpo de niño y su mente de adulto no casarán en la mejor liga del mundo. “Todo se habrá desvanecido como un sueño inconsistente, pura imaginación, como si nunca hubiera existido”, escribía Francis Scott Fitzgerald. También lo decía el Benjamin Button cinematográfico de Fincher, menos poético, en sus últimos momentos de lucidez antes de que su cerebro también se infantilizase: “Puedes maldecir el destino pero, cuando llega el final, tenemos que dejarnos ir”.

Timmy, que tu final siga durando tantos años como quieras.

xtna6sr

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