Himnos, banderas y circos

Miro con envidia a los atletas americanos. Y sí, hablo en primera persona, porque hay artículos que necesitan que mandemos al cuerno la absurda impersonalidad periodística al escribir. Hay temas en los que, simplemente, no es opcional.

Desde hace años la voz de los deportistas, especialmente en la NBA, se ha convertido en una obsesión. El vuelco y la evolución de los últimos años es uno de los fenómenos más fascinantes del deporte en la actualidad, más allá del vertiginoso ritmo de sus competiciones y negocios.

Alimentando el odio

¿Por qué lo miro con envidia? Sencillamente, porque no tengo más que mirar de puertas para adentro al deporte, los medios, la política y gran parte de la sociedad española.  Porque en este país se castiga, persigue y criminaliza la diversidad y a quien piense diferente. Porque los medios de comunicación que dominan la escena pública no son sino correas de transmisión vendidas al mejor postor que solo contribuyen a exacerbar el odio y propagar el miedo. Porque aún no se ha generado – y dudo que algún día sea posible – un discurso que diga “¡Basta!”, tanto por parte de deportistas como por parte de periodistas cuyos trabajos se ven denigrados y ensombrecidos por el desprestigio general de la profesión.

No quiere decir con esto que sea el único lugar donde pase, no seamos estúpidos. Lo que miro con envidia es la identidad que han generado los baloncestistas americanos, capaces de identificarse socialmente con una serie de reivindicaciones que les hacen romper la barrera del miedo al discurso libre.

Mientras, en España sigue imperando el silencio y el miedo. El “yo prefiero no pisar charcos que luego me salpican”. Los deportistas viven en una espiral del silencio y no compro el argumento de que la mayoría ni siquiera tienen una opinión por ignorancia. Mentira. Es la propia sociedad, a través de los propios medios de comunicación, la que criminaliza con su intolerancia que un atleta opine. Se les prefiere callados salvo que secunden ciegamente el discurso establecido.

Nos estamos perdiendo lo mejor de nuestros deportistas, que son sus cabezas. He escuchado a Sitapha Savané dar informalmente lecciones maestras. O a Romain Sato, Bismack Biyombo, Christian Eyenga… Narrar sus historias de niños en sus países natales y cómo contribuyen ahora en ellos como deportistas de élite. A David Doblas sacar su faceta de profesor hablando de educación. A los hermanos Gasol llamando a la cordura. A Pedro Martínez o Joan Plaza hablar sobre cultura, sociedad… Y a tantos otros intentando arañar ese espacio vedado, silenciados por la apisonadora mediática, sencillamente, porque su opinión como deportistas es irrelevante salvo que den patadas a un balón y tengan pasaporte nacional.

Mientras en EE.UU. veo una lucha por sus derechos y un caldo de cultivo rompedor, en España volvemos a enarbolar las banderas para evitar reflexionar; a cantar los himnos a viva voz para tapar las voces discordantes. Y perpetuar el circo de la caverna negando realidades porque aún no hemos comprendido que la diversidad es un valor añadido, no un acto vandálico.

La vanguardia americana

El contexto de la NBA actual es uno de esos procesos que solo pueden analizarse y explicarse con la perspectiva que otorga el paso del tiempo. Huyendo de la actualidad y la inmediatez y examinando los acontecimientos a vista de pájaro. E incluso esta visión rapaz es aún miope y debemos adoptar una visión de satélite si lo que queremos es dotar de mayor profundidad al proceso histórico y averiguar en qué dirección ha avanzado históricamente. Porque si bien nunca se ha desencadenado con la repercusión actual ni ha alcanzado a tantos atletas unidos, siempre han existido disidentes, valientes y cabezas pensantes que han utilizado su rol de figura pública para elevar reivindicaciones sociales, como Bill Russell o Abdul-Jabbar, entre tantos otros.

Por supuesto, no puedo poner el foco únicamente en el baloncesto y considerar que sea el único deporte activista. Es un proceso en el que todo el deporte americano está presente y del que no se puede atomizar a un único integrante. Es necesario partir de este contexto global para comprender las propias particularidades de la NBA.

He visto como la NBA, como institución, se plantaba ante la homofobia en Charlotte. Como gran parte de los propios jugadores se sumaban, sin arrogarse en ningún momento el protagonismo, en cada asesinato y cada caso de brutalidad policial contra los negros. Como Becky Hammon o Jeannie Buss han desafiado al patriarcado rompiendo barreras históricas. A Lillard rapeando clamando por la igualdad racial; a LeBron, Kobe, Rose… y tantos más pronunciándose sin miedo. A Curry y los Warriors rechazar ir a la Casa Blanca ocupada por Donald Trump. A Popovich y sus feroces críticas. A Kanter ser perseguido como opositor al régimen de Erdogan en Turquía…

Todo ello en un marco de agitación social que ha cristalizado en el deporte americano, con equipos enteros de la NFL arrodillándose mientras suena el himno nacional o con Colin Kaepernick como líder espiritual de todo un movimiento.

“Todo por mi patria… Cuando tenga razón”, dijo Mark Twain hace ya más de un siglo describiendo lo que para él era un auténtico patriota. Y, sin entrar a debatir qué es el patriotismo ni ningún otro concepto etéreo o simbólico, lo cierto es que tanto la NBA, como la mayoría de sus jugadores han grabado a fuego la frase en su ADN.

Miro con envidia y esperanza el ejemplo que transmiten más allá de la pista esas conciencias despiertas. Porque no es necesario más que un mensaje, un simple gesto para generar una carga de simbolismo inigualable por ningún otro movimiento social. La posición de influencia que la sociedad confiere a los atletas les sitúa en una posición privilegiada para erigirse en voces únicas de unión y reivindicación. Y desde la NBA no es que lo hayan sabido comprender y actúen, sino que lo viven como algo propio, lo sienten dentro.

Lo que han perdido es el miedo a expresarse. Al juicio público de sus palabras. A la estampida que provoquen sus opiniones. Además, la sensación de apoyo mutuo normaliza la situación de que un jugador pueda pronunciarse sin temor y vaya a estar arropado por otras tantas declaraciones más de otros compañeros. Si LeBron, o quien sea, se calza una camiseta por la muerte de Eric Garner, Rose, Kobe, Melo… Y la inmensa mayoría de jugadores lo secundan en una piña imbatible. Si Jason Collins sale del armario, la NBA al completo corre a arroparle.

Los medios de comunicación persiguen el sensacionalismo más allá del contenido del mensaje en sí. Cuando lo excepcional es que un jugador se exprese ante una problemática social, generará una oleada de artículos, opiniones, debates, cruzadas en su contra… Pero cuando los tentáculos se extienden a una mayoría de jugadores, especialmente entre los que más peso tienen mediáticamente, se convierte en una tarea titánica el acoso y derribo y crear la carnaza mediática de persecución.

La unión de voces hace que, en lugar de personalizar, haya una masa a la que ya no se puede atacar. Crea un escenario nuevo de libertad de discurso, siempre con sus asteriscos, claro está. Pero no podemos olvidar que estamos ante el nacimiento de un proceso único en la historia, que es la semilla recién germinada tras décadas de contención y silencios mayoritarios.

He seguido durante los últimos años el proceso – no solo el de los Sixers, saludos Hinkie – con más interés que nunca. He permanecido atento a la evolución de la identidad de la propia liga, marcada por el compromiso de sus jugadores. Y es fascinante. Este artículo no es sino una introducción contextual a un tema en permanente cambio del que, espero, seguiré escribiendo.

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