Podcast Outsiders NBA 1×07 | A league killer

1x07 A league killer

El deporte es fragilidad. La fragilidad de una carrera profesional efímera. La fragilidad de la nada, el riesgo de asomarse al más absoluto de los vacíos cuando esta se acaba. La fragilidad de una carrera frustrada por una inoportuna lesión. O por haber sido una presa más del juego de expectativas y especulación de agentes y publicitarios. La fragilidad de no poder decidir tu propio destino y ser un títere, sujeto a la voluntad de directivos o entrenadores, de ejecutivos trajeados con el poder de decidir sobre tu vida.

Porque, no olvidemos, hablamos de vidas. Vidas que discurren paralelas a la imagen mediática como atletas de élite. Tormentos, demonios, inseguridades, problemas del día a día, estallidos de felicidad y alegría, enamoramientos y desengaños… En definitiva, una frágil madurez viciada por un entorno de lujos y admiración que convierte a personas corrientes en ídolos de masas.

Deportistas jóvenes, de dieciocho, veinticinco o treinta y dos años. En pleno desarrollo de sí mismos. Afrontando los retos que les plantea su existencia, como a cualquiera de nosotros, mientras crecen como personas. Pero nosotros, espectadores, seguimos viendo su imagen pública como si fuera el completo de su personalidad, ajenos a su verdadero ser. Y es misión de los propios periodistas, de todos, tratar de acercarnos a ellos y a ellas, de empatizar ante esa fragilidad constante con la que los atletas conviven día a día. Tanto en lo personal, como en lo deportivo.

Y sensibilizarnos, por supuesto, respetando su propio espacio personal. Sin invadir su esfera privada, haciéndonos conscientes de dónde están los límites del conocimiento sobre una figura pública en esta era de inmediatez y ruptura de la privacidad en la red.

Por eso hoy hablamos de un personaje, mejor, de una persona, especialmente sensible a su envoltura mediática. De Kevin Durant. Un Kevin Durant distinto al que conocemos, lejos de su actual imagen de villano o de la pulcra imagen de Oklahoma. Un Kevin Durant temeroso, indeciso, cuya cabeza circula a trescientos kilómetros por hora analizando sus decisiones y sus errores.

Y, por supuesto, hablamos de su influencia en los Warriors. De sus deseos extradeportivos y de su búsqueda de la felicidad en el plano más mundano, nació su decisión de unirse a los Warriors. Y, casi involuntariamente, ha cambiado la NBA desde su raíz. Su fragilidad emocional ha creado un nuevo poder en plena era del Rey LeBron.

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