El hilo verde

Este artículo ha sido originalmente publicado en el número 13 de Skyhook Magazine.

Analizar en un solo artículo la influencia que tuvieron los Boston Celtics de 1986 es una quimera impracticable. La propia historia de los Celtics podría rivalizar por sí sola con la de toda la NBA. Y, dentro de su historia paralela, podríamos encontrar la década de los 80 como su punto culminante. Especialmente los años que discurren entre 1984 y 1986.

Documentados hasta la saciedad, hasta exprimir su última gota de sudor y convertirla en ríos de tinta. Aquellos Celtics encumbraron el baloncesto, elevándolo a la enésima potencia hasta que los Spurs orquestasen su ópera prima en 2014.

El contexto lo conocemos todos. El Renacimiento de los 80, la Edad Dorada de la NBA de la mano de la rivalidad universitaria de Bird y Magic. El Showtime contra la sinfonía armónica de Boston… Y todo sin entrar al contexto global que condiciona a la NBA, con las sucesivas crisis internas y la conflictividad socio-política del momento.

Es imposible alumbrar hoy alguna novedad sobre el, quizá, equipo más narrado de la historia. Y tratar de analizar su influencia generacional es un reto mayúsculo para quien no tuvo oportunidad de vivirlos. Este artículo va, pues, para todos aquellos que, como quien escribe, han aprendido a idolatrarlos desde la distancia que impone el tiempo. Desde ese contexto futuro que purga los pecados y envuelve en una coraza de invulnerabilidad todo acontecimiento pasado. Para todos/as a las que anteriores generaciones contagiaron esa fiebre verde, aun sin considerar que los Celtics fueran su equipo.

La mística sobre aquellos hombres ha trascendido la historia. Aunque difícilmente podría explicarse tal mitificación de no ser porque el equipo se llamaba Boston Celtics. Un escudo que encierra más que un sentimiento. Una filosofía construida bajo una identidad propia, indiscutible, indisociable. Un credo fundado por Auerbach que encontró su imagen carnal en Larry Bird. Por eso, cuando hablamos de aquellos Celtics, en lo que a influencia generacional respecta, no podemos limitarlo a sus anillos y la máxima expresión de su juego, sino que hemos de adentrarnos en una pirámide indescifrable hasta llegar a su mismo corazón, donde aún se custodia el tarro de las esencias.

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LADRÓN DE GUANTE BLANCO

Cuenta una leyenda japonesa que las personas destinadas a conocerse están conectadas por un hilo rojo invisible. Un hilo que permanece atado a sus dedos desde su nacimiento hasta su muerte. Y no importa el tiempo, la distancia ni lo que se tarde en conocer a esas personas; el hilo siempre permanecerá conectado hasta encontrarse.

Ese hilo pudo perfectamente ensamblar la armadura de los Celtics, porque solo los avatares de diversas vidas paralelas pueden explicar que aquellos muchachos se reunieran en un mismo escenario de forma simultánea. Eso, y Red Auerbach, el nodo central de la trama.

Que Auerbach era un maestro en todo lo que envolviera a la NBA nadie podía cuestionarlo. Había llevado a los Celtics a crear una dinastía de la mano de Bill Russell. Lo dejaría mientras aún estaban la cúspide solo para que su pupilo tomase el mando en el banquillo, convirtiéndose en el primer entrenador negro de la NBA y preparándole en la transición ante su inminente retirada. Y así podría dedicarse en cuerpo y alma a un cargo que llevaba años ostentando: el de director deportivo.

Auerbach era un tormento para el resto de directivos. Tanto como lo había sido para los árbitros al pie del banquillo, con sus protestas militares retumbabando en un Garden lleno hasta la bandera y el humo de su puro, siempre pegado a su mano, envolviendo su figura.

Construyó sus Celtics a golpe de robos en el Draft y traspasos propios de un ladrón de guante blanco. Logró quedarse a Bird en 1978 en la sexta posición aprovechando que el jugador había manifestado querer cumplir su último año en Indiana State. Se obsesionó con Ralph Sampson hasta robarle el sueño y, cuando fracasó en su recruit, engañó a los Warriors para mandarles su primera elección del Draft de 1980 a cambio de Robert Parish y su pick 3 (que sería Kevin McHale, su único y verdadero objetivo).

El paralelismo en la actualidad con Danny Ainge es inevitable. Su heredero, su fiel seguidor y aprendiz, depositario del peso de su leyenda. Pero lo cierto es que Ainge se incorporaría en 1981, cómo no, con otro hurto. En aquel momento aún era profesional del baseball. Los últimos tres años había jugado con los Toronto Blue Jays en la MLB, pero quería probar en la NBA. Auerbach le previno para elegirlo en segunda ronda si no armaba ruido mediático. Y así sumó no solo otra valiosa pieza al equipo, sino a uno de los tipos más inteligentes que han pasado por la historia de la NBA.

En el 83 caería Dennis Johnson gracias a sus constantes disputas con McLeod en los Suns. Y a mitad de temporada lo haría Scott Wedman tras bajar su rendimiento después de ser traspasado a los Cavaliers. Todo sin desmantelar un ápice el núcleo duro de su equipo. El último en llegar fue Bill Walton en 1985, la pieza definitiva, el pívot soñado en los esquemas de KC Jones. Una apuesta de riesgo que solo podía encajar en un escenario como el de los Celtics. Las lesiones le habían impedido jugar apenas 65 partidos por temporada y los Clippers habían puesto precio a su cabeza.

Auerbach buscaba un refuerzo interior que diera minutos de descanso de calidad a Parish. Alguien que supiera fluir con el dinamismo del equipo, entender el baloncesto como un todo, compartir sin fisuras su mantra, vivir y morir por él. Walton lo era. Walton lo hacía. Solo tuvieron que ofrecer a Cedric Maxwell; para entonces, el único problema del vestuario de unos Celtics inmaculados.

Maxwell había perdido la titularidad el año anterior en favor de McHale por una lesión. Y el estado de forma en el que volvió rayaba el paroxismo de la dejadez. De aquel gigante bromista y comprometido no quedaría ni su sombra.

“Bueno pringaos, yo ya he conseguido la pasta. Se acabó, cada uno que se preocupe de su mierda”. Bird lo asesinaba con la mirada de las formas más grotescas imaginables. No lo soportaba. Hasta sus propios compañeros y Auerbach llegaron a calificarle de traidor. En aquel vestuario marcial la fraternidad era la ley. El súmmum. Por encima de cualquier título. Y Maxwell les había traicionado. Así que Red consiguió a su pívot a cambio de mandar al exilio a un desertor.

Walton, por su parte, se integraría en el equipo como anillo al dedo. Justo como el que le cayó ese mismo año 1986. No solo lo haría en lo que al juego respecta, sino que su compleja personalidad encontraría en aquel grupo el acomodo perfecto y el respeto por lo que realmente era él fuera de la pista. “Siempre recordaré cuando Red me llamó por teléfono para saber si de verdad quería ir a Boston. Dije que sí. Sin colgarme, telefoneó a Bird y pude escucharle decir ‘Red, consíguelo como sea’. Me salvaron la vida”.

Aquel hippy pelirrojo, desgarbado, vegano, de puño en alto y conciencia despierta, invitó en una ocasión a todo el equipo al concierto de uno de sus grupos favoritos, Grateful Dead, para compartir con ellos no solo charlas y vestuario, sino la vida misma. Porque, como reconocería años más tarde “nadie se podrá imaginar nunca lo solo que me sentí en mi etapa en Los Ángeles. Red me rescató. Me dio otra oportunidad. Creyeron en mi”.

Eso eran los Celtics. Como aquellos muchachos de instituto reunidos tras largos años de vacío. La vieja camaradería, el honor de compartir unos colores. De defender unos principios. El orgullo mutuo y el respeto silencioso. No tenían que creer en la filosofía de Auerbach. Ni buscar nombres que lo identificasen, como el Celtic Pride. No necesitaban etiquetas. Eso era para los fans y la prensa. Porque ellos, sencillamente, lo vivían como la parte más natural de sí mismos sin necesidad de verbalizarlo.

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EL MEJOR EQUIPO DE LA HISTORIA

Una imagen vale más que mil palabras, reza el dicho. Y, aunque no siempre se ajuste a la realidad, en el caso de los Celtics del 86 le hace fiel justicia. Todo texto que trate de describir su juego no puede ser sino el entrante, el acompañamiento al brillante legado visual como menú único de la carta.

Aquellos Celtics, posiblemente, habían jugado el baloncesto más atractivo hasta la fecha. Carece de sentido debatir si son, o no, el mejor equipo de la historia.  Es un debate estéril y subjetivo, pues responden a distintas épocas, distintos estilos. En vez de rivalizar, podemos alegrarnos de poder disfrutarlos aún. Pero son, irrefutablemente, el equipo que trasladó al deporte su representación más artística y poética. Seguramente, el estilo más atractivo hasta la fecha junto a los Lakers de Magic Johnson.

Los Celtics danzaban al ritmo que marcara la música imaginada en sus cabezas. Una coreografía de pases y cortes, de bailes en la zona. Movimiento acompasado en el que todos sus actores fluían libres, pero a un mismo son a un lado y otro de la cancha.

Pero para que aquella perfecta sintonía se desarrollase no solo era necesario juntar las piezas, sino hacerlas compatibles. Esa extraña atmósfera, ese ambiente embriagador, la conexión que tendemos a definir como química. Una química que no siempre fue fácil entre unos hombres que también tuvieron que aprender a respetarse y, sobre todo, entenderse mutuamente. A calzarse las zapatillas del otro y dejar el ego de lado.

Y lo lograrían a base de intensivas sesiones de entrenamiento. White Team vs Green Team. O, lo que es lo mismo, titulares contra suplentes. Las sesiones eran de tal intensidad que superaban con creces la de muchos partidos de regular season. “Incluso usábamos el trash-talking. Te juro que nos olvidábamos que estábamos entrenando. En ese momento solo veíamos rivales y queríamos ganar”, reconocía McHale.

Pero Larry siempre quería más. Y Ainge era el primero en sumarse. “Danny era como mi hermano pequeño”. Ambos disfrutaban entrenando. Poniéndose a prueba. Y, sobre todo, compitiendo. “A Larry le encantaba competir. A todo”, decía Walton. “Y, dios, cómo odiaba perder”, comentaba mientras se reía. Bastaba cualquier cosa. Como niños disfrutando en un parque, con lo que fuera que estuviera a su alcance. Una vez podían jugar a derribar latas puestas en la grada. Otra, uno contra uno. Al día siguiente, tiros desde media cancha.

Podemos narrar infinidad de anécdotas e intrahistorias de aquellos Celtics. En especial sobre McHale, la diana favorita de Bird. Bajo el prisma de Larry la única forma de explotar todo el potencial que encerraba era a base de presionarle hasta provocar un estallido de furia. Bird usaba la táctica del palo y la zanahoria. Pero siempre olvidaba lo segundo.

Y, sin embargo, aquellas dos personalidades diametralmente opuestas aprendieron a coexistir bajo el respeto mutuo. Hasta el punto de que aquel año 1986 ambos terminaban no pocas noches confraternizando. Y solo al calor de las cervezas le mostraría Bird su lado más sensible: “Qué afortunados somos por conocernos, Kevin”. Y McHale brindaba con su compañero. O, al menos, hasta Navidades, cuando una dura derrota contra los Knicks les hizo pactar a todos que no volverían a beber alcohol hasta que lograran el campeonato. Algo que Bird aceptaría a regañadientes.

Así se formaron aquellos Celtics de ensueño. Con vidas cruzadas y experiencias compartidas. Si las lesiones no hubieran lastrado a Walton jamás hubiera acabado en Boston. Si Sampson hubiera tenido otra personalidad McHale jamás hubiera llegado, como tampoco lo haría Parish si McAdoo hubiera triunfado. Si Bird no hubiera huido de Indiana para después enrolarse en Indiana State tal vez nunca hubiera vestido el verde. Si… Si…

Auerbach tiró el hilo rojo hasta conectar a todos ellos. Y, aunque no hayamos vivido aquel contexto presencialmente para describirlo de la forma más fidedigna posible, podemos recomponer sus historias para avivar la llama de su legado. Más de treinta años después aún son venerados. Y su baloncesto se almacena en las cristaleras de Bohemia de la memoria.

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