El ocaso del orgullo

Este artículo fue originalmente pubicado en el número 13 de Skyhook Magazine.

The Pistons control the ball with five seconds to go.

And there’s a steal by Bird!

Bird underneath to DJ… YES! CELTICS UP BY ONE! Time out, one second left!

La quebrada voz de Johnny Most enloquecía con la epopeya. Los Celtics estaban a punto de caer contra los Pistons. En un séptimo partido. Por un mísero punto. En casa, en el Boston Garden. Donde solo los Bucks habían arañado un desesperado partido en las semifinales de conferencia.

Larry Bird había fallado su tiro y el balón salió de banda. Las manos en la cabeza de todo el banquillo de los Celtics. El rostro de KC Jones desencajado, incrédulo, desesperado. Los vigentes campeones iban a caer ante su público ante unos nacientes Bad Boys.

Cinco segundos para el final. Los Pistons lo tenían hecho. Eran las primeras Finales de Conferencia de su historia y, como premio gordo, iban a colarse en las Finales contra los Lakers. Bill Laimbeer sacó para Isiah… Y el resto es historia del deporte.

Robo de Larry Bird ante un Isiah confiado. Pase a canasta casi sin mirar, como un autómata, en una de esas jugadas que tantas y tantas veces habían machacado en los entrenamientos. Dennis Johnson aparecía volando como una exhalación y Bird lo detectó en milésimas de segundo. Los Celtics ganaban el partido y el billete en uno de los finales más legendarios de la historia de la NBA.

Aunque no duraría mucho la alegría. Los Celtics caían 4-2 contra los Lakers y se consumaba el fin de una dinastía. Y su oscuro viaje hacia las cavernas de la liga. Un territorio hasta entonces desconocido por los Orgullosos Verdes.

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La épica no había hecho sino camuflar las carencias de un equipo que comenzaba a dar síntomas de agotamiento. Las lesiones no tenían piedad. Las rotaciones se acortaron. Y el esplendor de su juego se iba apagando tenuemente. Los Celtics volvían a las Finales por cuarto año consecutivo y poco importaba ya cómo se hubiera conseguido. Pero los Lakers les noquearían con un gancho de realidad, como hicieran en 1985, cuando Bird jugó el peor baloncesto de su carrera tras romperse un dedo en una pelea en un bar.

Soplaban vientos de cambio en la NBA.

El barroquismo de los Pistons comenzaba a causar estragos, lapidando el Renacimiento y la frescura que Bird y Magic habían traído en los 80. Su credo defensivo, su baloncesto destructivo y militar llevó a la NBA a una nueva era. Los Celtics se deshacían. Los Lakers aún resistirían las embestidas del reinado del terror que impondrían los Bad Boys contra su Showtime hasta finales de década, porque su única amenaza en el Oeste, el único proyecto llamado a coger su testigo, las Twin Towers de los Rockets, se hundieron antes de empezar.

La temporada 1987-88 Bird, a sus 32 años, aún firmaría los mejores números de su carrera. Pero insuficientes contra unos Pistons con hambre de venganza. Era la primera vez en cinco años que los Celtics no llegaban a las Finales. Y no las volverían a pisarlas hasta la solitaria aparición de 2008, veinte años después. A partir de entonces, el declive, marcado por el deterioro físico de Larry. Solo seis partidos la temporada 1988-89 por una lesión en el talón que le hizo pasar por quirófano.

Bird volvería superando todo pronóstico mientras libraba su particular carrera contra la edad. Contaba con 34 años cuando reapareció la 89-90 después de un año parado. Y su sola presencia, con esa tenacidad y ese orgullo desmedido que no entendía de excusas ni gratificaciones, fue lo único que impidió la debacle. Aunque su espalda no perdonaba y, en adelante, le haría perderse sesenta partidos en sus dos últimas campañas.

Mientras se alumbraba el ocaso de Bird y McHale, Auerbach había trazado el plan de un relevo generacional escalonado. Pero la vida, únicamente los avatares de la vida, se ensañó con dos jóvenes y escribió las páginas más oscuras de la historia céltica.

LA MALDICIÓN

Len Bias fallecía el 19 de junio de 1986 por una sobredosis de cocaína. Habían pasado apenas 36 horas desde que estrechase la mano a David Stern y se calzase la gorra de su nuevo equipo. 22 años le alumbraban.

A título póstumo se le llegó a denominar como el Ironman del baloncesto. El jugador total. Más aún cuando Coach K hizo las delicias de la prensa ávida de titulares al compararle con Michael Jordan: “En mis 24 años en Duke, solo he visto dos jugadores a los que no he podido plantar cara: Michael Jordan y Len Bias. Hubiera sido uno de los más grandes en la NBA. Len creaba cosas. La gente suele asociar el término ‘hacer jugar’ con los bases. Pero yo considero un base a alguien que puede hacer cosas que no hacen otros. Jordan lo hacía. Bias lo hacía. Podía inventar formas de anotar y no había nada que pudieras hacer contra ellos. No importaba cómo le defendieses, terminaría creando una jugada”.

Bias iba a incorporarse a un equipo que había sido campeón diez días antes. Era el relevo soñado. La transición natural sin pasar por la reconstrucción. El jugador a quien confiar el testigo de unos Celtics ya veteranos. Pero nunca llegaría a enfundarse aquella camiseta.

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Sí lo hizo Reggie Lewis, drafteado el año siguiente (1987) en el puesto 22. Aún trastornados por la tragedia y su derrota en las Finales, los Celtics intentaron buscar savia nueva. Los planes de transición manteniendo al equipo en la cúspide se tambaleaban. Lewis no parecía su hombre, pero terminó confirmándose como el nuevo líder gracias a otra de esas inesperadas sucesiones de acontecimientos.

Jimmy Rodgers tomaba el testigo de K.C. Jones en el banquillo y la lesión recurrente en la espalda de Bird le catapultó en minutaje y anotación hasta el All-Star de 1992. De pronto, Boston podía soñar de nuevo con edificar un nuevo imperio sobre Lewis, nuevo capitán del equipo.

O lo hizo hasta 1993. En verano, mientras entrenaba para la siguiente temporada, sufrió un infarto que no pudo superar. Contaba solo 27 años. Apenas habían pasado siete años desde el fallecimiento de Len Bias y un mes desde la muerte de Petrovic y la familia de Boston volvía a llorar otra muerte. Lewis había elegido el dorsal 35. Bias el 34.

Aprovechando el caso Bias, los sectores más amarillistas de la prensa se lanzaron como chacales a vender una historia paralela: el paro se había producido por el reiterado consumo de cocaína. Costó años de juzgados e informes médicos a la familia de Lewis desmentir aquellas acusaciones. La única verdad fue que le habían detectado arritmias entrada la temporada, incluido un colapso en el primer partido de Playoffs.

Por si fuera poco, los Celtics tuvieron que mantener el contrato de Reggie Lewis las dos temporadas que le restaban dentro de su salary cap. La NBA no tenía en su convenio ninguna cláusula sobre cómo actuar en caso de muerte de un jugador. David Stern salió en defensa de los Celtics, pero el resto de franquicias les dieron la espalda en una retorcida venganza, negándose a que su contrato fuera excluido del salary cap por todos los años que Boston había tiranizado con mano de hierro la liga. Les abandonaron a su suerte. Sin Bird, sin McHale. Sin Bias. Sin Lewis. Sin margen salarial. La rebelión contra el orgullo verde se iba a saldar con veinte años de peregrinación sin rumbo.

Boston Celtics v Sacramento Kings

CELTIC PRIDE

No hubo equipo más representativo ni jugador más icónico del llamado Celtic Pride que Larry Bird comandando aquellos Celtics ochenteros. Bird era insignia y bandera. El leprechaun que bañaba en oro todo lo que pasara por sus manos. Bird personificaba a todos los niveles esa silenciosa arrogancia que identificaba al llamado Orgullo Verde. Más que un estilo de juego o una cuestión de identidad; una filosofía, una forma de vida.

Toda una simbología derivada de décadas de éxito. Un halo de férreo misticismo de hormigón armado. El Celtic Pride no es sino el resultado de un imperio forjado en el éxito y en el dogma incuestionable de la distinción. Porque los moldes de las épocas no encajaban con los Celtics. Y, entre anillo y anillo, se fue gestando esa noción que hacía creer a lo largo y ancho de la NBA que el éxito les pertenecía por decreto.

Una legitimidad basada en una credo incuestionable: en los Celtics todo era único y distinto al resto. Y lo único que se podía exigir era dignificar el escudo. Porque, una vez adoptada su filosofía, esa bandera pasaría a ser la única patria conocida. Esos principios silenciosos fermentaron un aroma a exclusividad que quedó impregnado en las paredes del Garden hasta guardar su quintaesencia en el imaginario colectivo.

Es difícil determinar cuándo empieza el llamado Celtic Pride. Como también lo es tratar de definirlo y encadenarlo en la cárcel del vocabulario. El Orgullo Verde es, ante todo, sentimiento. Y las palabras, como herramientas construidas al servicio de la funcionalidad, rara vez son capaces de verbalizar una emoción tan profunda con precisión. Más bien, la oprimen con sus limitaciones y su ansia de acotar todo lo que exceda los límites del lenguaje.

Pero no hablamos de un sentimiento cualquiera, sino de orgullo. Tan proclamado en los buenos tiempos; renegado en los malos. Porque los Celtics, después de más de dos décadas al frente de la liga, se hundieron con su orgullo las dos siguientes. Y, como escribía Gonzalo Vázquez, “allá donde suelen flaquear los iconos es precisamente donde la idea del Celtic Pride adquiere su mayor fuerza”.

Mientras Bird aún estuvo activo los Celtics pudieron encomiarse a su obsesa forma de trabajo. Mientras las fuerzas de Auerbach aún se resistían a flaquear en la agotadora carrera contra el tiempo Boston aún podía mirar al futuro con esperanza. Porque sus iconos vivían. La confianza ciega excedía los límites de la razón. Porque, una vez más, los Celtics resucitarían y volverían al único lugar que, según su orgullo, les correspondía.

Pero la cocaína se había cobrado la vida de Len Bias – como la de tantos jóvenes atrapados por las calles y las drogas gracias a un sistema que les margina socialmente – y una enfermedad congénita del corazón la de Reggie Lewis. No había orgullo que valiera. No cuando dos vidas se habían extinguido de forma tan cruda.

Ya no había plan. No había sustitutos. No había iconos, ni anillos, ni estrellas. Jordan había sido encumbrado al fin con la llegada de Phil Jackson. La era de los noventa le pertenecía y reinaría con mano de hierro. No había discusión posible de su dominio. Y los Celtics, en mitad de aquella tiranía y hundidos en su luto, descendieron a los infiernos de la liga.

En 1994 ya no alcanzarían los Playoffs. Y, el año siguiente, lo lograrían in extremis con balance negativo para caer en primera ronda. Sería su única participación en toda la década. Se sucederían entonces los peores años de su historia. Una franquicia sin rumbo y, peor, sin identidad. Porque si algo no se perdonará en la historia de los Celtics será la falta de respeto a una cultura, una filosofía y unos aficionados que habían creído en ser distintos.

Los Celtics traicionarían toda referencia a su identidad. El orgullo quedó sepultado bajo los escombros de la Atlántida hundida. Hasta tocar fondo en 1996 logrando 15 raquíticas victorias en la carrera de tanques librada por conseguir a Tim Duncan. Nada quedaba de aquellos Verdes de Russell o Bird. Solo una sombra fantasmal que se enfundaba la misma camiseta y usaba su logo. Como una burda y cruel imitación de mal gusto. Una caricatura grotesca. Lo único que pervivía era el orgullo latente en su cultura, en los aficionados, en los banners y dorsales colgados en lo alto del Boston Garden, como reminiscencia de lo que algún día fue. De lo que nunca podrían dejar de ser.

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